..QUE HOY SEA AYER SIN MAÑANA

martes, 27 de enero de 2009

Cuentos de terror

Voy a obviar los detalles épicos: algunos no podría recordarlos aunque quisiera, y otros prefiero olvidarlos. Sólo me propongo hacer una reseña macabra, narrando esas pequeñas historias en las que fui presa de miedo extremo cercano al terror.

Acá todo pasa
Atardecer de un día de semana de… 1976 (¿o ’77?). Héctor, Fino y yo caminábamos por la Av. Corrientes. De repente se detiene frente a nosotros un Torino marrón (como para romper la rutina de los Falcon verdes, vió?). Eran cuatro. Los dos que iban en el asiento trasero se bajaron, y nos invitaron a subir. Sin decir nada, el conductor arrancó y siguió derecho hacia el Bajo, echando putas. El otro, una alimaña repugnante, empezó a hablar, pero no nos informaba a dónde íbamos (ni por qué: en esos tiempos no existían derechos básicos, como el de no ser privado de la libertad sin razón alguna). El chabón era irónico y hacía gala de un humor bastante denso, pero no preguntaba mucho: estaba claro que el interrogatorio vendría después, indoor. Sin embargo no paró de hablar en todo el trayecto, y entonces nos fuimos enterando de los por qué de la detención. Lo que les disgustó en cuanto nos vieron fue el largo de mi cabello y la musculosa de Fino. Primero, dirigiéndose a mí, mandó una que lo resumía todo: “flaco… ¿por qué tenés el pelo así, sos boludo?, si no te lo cortás te vamos a llevar a cada rato.” Después lo miró a Fino con asco (la cana del Proceso tendía a pensar que era puto), le dijo algo sobre la remera (musculosa y de colores), y dirigiéndose a ambos (Fino & me), mandó un resumen de la doctrina castrense: “¿no saben que el General Videla dijo que a la Junta no le gustan esas cosas?” (SIC, lo recuerdo como si lo estuviera oyendo). Tras esa frasecita, lo miró a Héctor y le dijo “y vos sos un pelotudo por andar con estos dos, te la estás comiendo de arriba”. Al llegar a Eduardo Madero, el silencioso conductor dobló a la derecha, siguió unas cuadras a alta velocidad, y recién cuando llegamos a destino nos enteramos de que se trataba de la Brigada de Toxicomanía. Tras un ingreso bastante irregular si lo comparamos el procedimiento de rutina en comisarías de la Federal (ya que no nos revisaron ni nos despojaron de pertenencias, ni de cinturones y cordones de zapatillas), nos tuvieron guardados cerca de seis horas en una habitación mugrienta, separada por un delgado tabique de otra más grande en la que había unos veinte detenidos más, hombres y mujeres, todos jóvenes, la mayoría de aspecto rocker o hippón. De más está decir que la pasamos bastante mal. Escuchábamos que iban llegando más detenidos, y no entendíamos por qué los dejaban afuera: los únicos aislados éramos nosotros… El lugar era sórdido al mango, re pesado. No nos pegaron, pero entre insultos y burlas también recibimos amenazas, y no solo de palabra: en un momento entró uno con look para nada policíaco (pelo tirando a largo, aro en una oreja) y empezó a amagar patadas y otras figuras de arte marcial. Lo peor fue cuando nos sacaron del privado para llevarnos al piso de arriba para interrogarnos individualmente y por separado: guiándonos hacia el lado de la salida, el hijo de puta dijo “vamos mierda, ahora se van a ir…”, pero al llegar al pie de una escalera soltó una carcajada y agregó, gritando como energúmeno, “se van a ir en sangre, porque los vamos a reventar….” Arriba, uno que parecía ser el jefe, secundado por dos o tres monos, todos camuflados como para no parecer ratis en la vía pública, preguntó, amenazó, insultó, y ordenó “que los lleven abajo, ya veremos que hacemos”. Volvimos a ese cuarto siniestro, en el que solo había una heladera vieja desenchufada, un slip manchado tirado en el piso sucio, y un graffiti de mensaje ambiguo y poco alentador: “ACÁ TODO PASA”. Al cabo de unas horas se abrió la puerta, y el bastardo se sorprendió de vernos ahí, “che ¿y esto?”, gritó dirigiéndose a alguien que, evidentemente, debió haber decidido nuestra suerte un rato antes. “UUUh, me olvidé, traélos”, respondió una voz desde lejos. En la oficina de guardia, prodigándonos más insultos, nos hicieron firmar en un libro gordo, seguramente de registro, y nos despidieron con un “vamos, vamos, salgan rápido antes de que me arrepienta.”

Violencia en el parque
Otra. Tarde del ’76. Parque Pereyra, Barracas. Eramos varios y estábamos sentados sobre el pasto, cerca del “lago”. No recuerdo si estaban Gabriela y Miriam (creo que si). De repente vemos que un patrullero de la Federal se mete dentro del parque y enfila derecho hacia nosotros. “Documentos”, la huevada de siempre, y “vos vení” (“vos” era yo). Creo que nunca tuve tanto miedo. Me llevaron solo, a pasear en patrullero. Fue un largo interrogatorio ambulante: media hora dando vueltas (media hora que en tal situación se hace eterna), primero por Barracas, después por el puerto de La Boca. Las preguntas eran puntuales, el tema era drogas. Yo les decía que no sabía nada de nada, pero mi respuesta no les cabía, insistían y amenazaban constantemente, seguían apretando y se me cagaban de risa, “flaco… en la Facultad de Ingeniería hay falopa, y vos pretendés que te crea que no conocés a nadie ni sabés nada…” En un momento se detuvieron frente a una casa vieja en La Boca, como insinuando que me iban a llevar adentro, y uno (el más mal parido) me dijo “mirá pibe, no seas pelotudo, no te hagas golpear al pedo, decí todo lo que sepas y te vas”. Estaba re cagado, de repente lo trataba de usted, de repente lo tuteaba, “mirá, te estoy diciendo la verdad, no ando en nada ni conozco a nadie que ande en nada”. Al final parece que lo convencí: arrancaron, y a las pocas cuadras me liberaron, no sin antes prometer que “nos volveremos a ver”…

Celulares eran los de antes
Una noche del '76 (o '77) frente al obelisco tuve bastante miedo. La cosa duró poco, y resultó más leve de lo esperado por como pintaba, pero igual fue desagradable. Creo que estábamos los del grupo… “de los seis”. Paró un celular (mal indicio), y nos hicieron subir. No pasó nada, apenas un par de preguntas y fuera. Pero eran muy agresivos, violentos y amenazantes. Creo recordar algún sopapo, pero a un desconocido que estaba en el camión cuando subí.

Sunday night fever
Tenía 20 pelotudos años en 1978. Poco después del mundial, madrugada de un lunes, salida de Lagar del Virrey, dancing de Recoleta (o por ahí). Eramos Fino, un tal Charly (el pelado, amigo de Mariel) y yo. Treinta años después, no encuentro una puta razón para haber estado ahí esa noche: nunca me gustaron los boliches, y en esa época menos. Supongo que fui porque estaba medio regado: el domingo a la tarde había tomado whisky en una confitería de Primera Junta (no pregunten, no importa). Después, ya chupado, me mandé a la casa de Mariel. Al rato apareció Fino, y se empezó a tejer la telaraña. No estaba en mis planes ir a ese lugar de mierda, pero creo que Mariel y una tal Graciela (a.k.a. "el Ratón", según Pablo el Cordobés después de que lo cagara una noche, haciéndolo ir al pedo a un boliche) insistieron. Fino se entusiasmó con la idea (le gustaba bailar), y rompió las bolas para que le hiciera gamba. Then, alpedísimo como tantas veces, transé y fui. Descarto la suposición de que me movieran intenciones de algo con la chica esa, porque estaba borracho pero sabía con qué buey araba: en un boliche yo jugaba de visitante, sapo de otro pozo, no tenía plata ni auto... and so mis chances eran nulas. Una vez adentro, para soportar el lugar y la situación, me chupé mal, whisky con vodka y Gancia, y obviamente terminé en un pedo más o menos importante. Recuerdo que en un momento me sentí muy mal, destruido, y casi me desmayo: todo daba vueltas en sincronía con las bolas de cristales del techo, se me nubló la vista (o veía el mundo del color de las luces negras), y tuve que apoyarme contra una pared para no caer. Pero enseguida controlé ese estado desagradable, me recuperé, y seguí tomando. Mariel y su amiga, vaya uno a saber dónde estaban. Fino… con el pelado. Y yo deambulaba solo por ahí, aturdido. Me sentía una porquería imposible. Daba vueltas sin saber dónde ubicarme, y de repente estaba hablando con una niña que me puso el índice en el pecho y se ofreció a... ayudarme (¿¿¿???), pero de pronto mandó algo así como "estás mejor... vamos a bailar", y yo no estaba mejor un carajo, "no pendeja, vos sos una... traidora, y yo... yo..." yo nada, no me salían las palabras y me fui al carajo (era muy linda pero algo me asustó).
Al final de una noche para el olvido, salimos del antro y Fino le hizo señas a un taxi que pudo haber sido nuestra salvación. Pero no, el puto de mierda no paró, y años después todavía lo seguiría maldiciendo. Caminamos una cuadra hacia la Av. Las Heras, llegamos a la esquina, y ahí nos alcanzaron los muchachos de traje (onda “cieguitos” de los Twist) que habían salido del boliche detrás de nosotros, y creo que corrieron para no perdernos. Yo estaba muy en péu y no sentí miedo en ese momento. Nos pararon, nos revisaron minuciosamente (hasta las zapatillas), y… nada, lo mismo de siempre. A mí no me daban mucha bola, la cosa era con los otros dos. Supongo que al no haberme visto en movimientos sospechosos adentro, decretaron que yo estaba mamado y nada más. Me preguntaban si Fino era puto (en esa época hacer del propio culo un pito era delito, atentaba contra la moral y las buenas costumbres), y querían saber “quién trajo la falopa”. Yo había estado toda la noche en la mía, sin saber qué hacía Fino, y la verdad es que no entendía de qué hablaban esos canas parásitos. Pero ante tanta insistencia, me acordé de un maneje entre Fino y el pelado en el baño… y me empecé a preocupar, porque pasaban los minutos y los tipos seguían ahí, presionando. Al final, antes de dejarnos ir, nos secuestraron los cigarrillos al pelado y a mí, diciendo que los iban a analizar en el laboratorio (hijos de puta, fumaban de arriba), y lo peor de todo: anotaron las respectivas direcciones (a mí me incautaron una tarjeta personal). Esto último me mató: por un par de años no pude dejar de pensar que esos soretes tenían mi dirección como dato obtenido en un procedimiento.
Obviamente los tipos no eran idiotas: Fino y el pelado habían estado haciendo intercambio farmacológico en el baño, pero como seguramente no querían armar bardo dentro del boliche, nos siguieron a la salida.

La paz sea con vosotros
La noche del ’77 que nos llevaron a pie de La Paz a la 5º no fue agradable, pero la verdad es que no sentí más miedo que el mínimo razonable. Eran canas de civil, pero de una nos llevaron a una comisaría, y en cuanto entramos presentí que se trataba de una racia de rutina con fines de identificación, y nada más: no parecía haber peligro. El hecho de que nos alojaran en un calabozo con borrachos, cirujas y otros perejiles como nosotros lo confirmaba.
No me parece justo pasar facturas, porque todos lo que la vivimos sabemos que en esa época te encanaban sin razón, simplemente porque no les gustaba tu cara o porque tenían que cumplir con un cupo de detenciones por día, pero... el cordobés, violento por naturaleza, se zarpó innecesariamente. Paso a relatar. Cuando entramos al bar La Paz, había un operativo. Eran canas de civil, y por eso no nos avivamos antes. Uno le puso la mano en el pecho a Pablo, para que se detuviera, y el boludo se la sacó con un golpe. Ahí cagamos, marchen presos...
La nota graciosa estuvo a cargo de Pete (el amigo de Hector que era un clon de Pete Townsend, de los Who): en el calabozo no había baño, y cuando le dieron ganas, gritaba por la ventanita de la puerta "¡sargento, mear!"
No tiene nada que ver con el terror, pero quiero decir que esa tarde me había comprado Romantic Warrior, que era nuevo…

Tuve miedo todas y cada una de las veces que nos pararon por la calle en aquellos tiempos duros. Sabía una parte de lo que estaba pasando, y sospechaba la otra. Pero uno se acostumbra a casi todo. Que rompieran las pelotas era cosa de todos los días, y entonces lo empecé a tomar con cierta naturalidad. La experiencia me enseñó que cuando te pedían documentos, por lo general te terminaban dejando ir, ya que si tenían otras intenciones les importaban tres carajos los documentos: te levantaban de una y te llevaban (la noche de La Paz fue una excepción: nos pidieron los documentos y los retuvieron mientras nos arriaban caminando hasta la dependencia policial, seguramente para evitar que alguno se les perdiera por el camino).
Yo, como muchos de los que no la pasaron peor, la pasé bastante mal durante la dictadura. Pero parece que esos señores nunca me vieron cara de peligroso, porque jamás me interrogaron acerca de cuestiones más densas: siempre jodían con la facha, el pelo, las drogas… Por suerte.
No estaría completa una reseña de los más grandes miedos en mi vida si pasara por alto los que sufrí cuando parecía que se iba a pudrir todo con Chile (por esas islas de mierda), y durante la guerra de Malvinas. Aunque no se por qué, tuve mucho más miedo ante la posibilidad de una guerra con los chilenos que cuando el maldito alcohólico tomó las Malvinas. Estaba aterrado, ya que a pesar de no tener instrucción militar, mi edad era la de ir al frente llegado el caso. Pensé en huir a la Banda Oriental, o conseguir que me internaran en el Borda, y no habría dudado en hacerme romper el culo si eso me hubiera garantizado ser descartado por el ejército como eventual efectivo de reserva. En cambio cuando comenzó lo de las Malvinas, no tuve tanto miedo: sabía que tras la ocupación de las islas, el conflicto habría de durar lo que tardara en llegar la flota inglesa para recuperarlas, y en ningún momento pensé en una guerra larga que demandara al Ejército Argentino la incorporación de reservistas con una mínima instrucción de emergencia.

Después, ya en democracia o casi, viví tres situaciones de mucha tensión gracias a Gillian. Seguramente no corrí ni ahí el riesgo que años antes conllevaba una simple detención de rutina policial, pero igual sentí un terror paralizante: tal vez no me fueran a "desaparecer", pero pude haber quedado pegado por consumo y portación de bonitas flores verdes.
Va la primera. Aun sabiendo que a mí me ponía de la nuca, Gillian tenía la puta costumbre de armar en el auto. Jamás pude conseguir que dejara el pedazo en su casa y llevara sólo uno o dos fasos armados. Creo que la guacha me lo hacía a propósito, sacaba el envoltorio y se ponía a armar en cualquier parte, en pleno centro por ejemplo, mientras yo manejaba. La noche en cuestión íbamos por Brasil (creo) hacia el Bajo. Al llegar a Ing. Huergo doblé y… toda la cana toda, cortando la avenida y parando autos, bruto operativo y nosotros… fumando, Gillian con la pelota de papel de diario todavía en la mano, clavándose una seca, y en el auto una baranda... En un instante pasaron mil cosas por mi cabeza, me sentí paralizado por el miedo. Supongo que me habré puesto blanco, o verde, o no sé de qué color. "Dame el faso", le dije, y sólo atiné a tratar de morfármelo… pero no pude: era muy gordo (her style) y mi garganta se cerró. Fue terrible. No me quemé, porque al metérmelo en la boca lo apagué al toque con la saliva, pero al intentar tragarlo… no pasó. Fueron apenas unos segundos, pero me pareció una eternidad. Con el charuto dentro de la boca, puse cara de “ni se les ocurra romperme las pelotas, voy en un Falcon blanco”, miré a los canas y esquivé lentamente pero con decisión todos los patrulleros dispuestos en laberinto sobre la avenida. Zafamos, no me pararon. Pocos metros después miré por el espejo retrovisor para asegurarme de que el milagro había sucedido, y “¡concha de tu madre, retardada mental, te tendría que cagar a piñas por imbécil!”, pero no way, se reía, sólo se cagaba de risa… “no loco, vos no creés en mí, ya te dije que conmigo no tenés que tener miedo”, y seguía riéndose.
Otra. Habíamos salido con Sergio Astarita (RIP). Recuerdo que esa noche no tenía ganas de manejar, y le di la llave del auto a Sergio, “manejá vos”. Sólo una difusa imagen del abrigo de Sergio (un sobretodo tal vez) me revela que hacía frío: había estado en cana poco antes, por incidentes con sustancias ilícitas, y para caretear se vestía como un gentleman. Fuimos a un pub nuevo que había en la Boca. Creo que Sergio era uno de los socios, pero no estoy seguro: solo sé que los dueños eran conocidos. De repente entra la yuta, con malas intenciones: se encienden las luces y empiezan a pedir documentos. Yo no debí haberme alterado, porque no estaba en falta alguna, ni siquiera había tomado alcohol… Pero enseguida caí en la cuenta de un par de situaciones… por lo menos comprometedoras. Uno, había dejado los documentos en el auto, y la llave la tenía Sergio. Dos, Gillian andaba como siempre con el mazapán encima. Por suerte no pasó ná: después de molestar un rato a los portadores de las caras más sospechosas, se fueron sin reparar en nosotros.
La última. No se cómo ni porqué, una noche quedé estacionado a una cuadra de la Plaza Matheu (La Boca), con un desconocido atrás. Gillian, que iba adelante conmigo, se había bajado con un pibe del barrio para encarar la placita, donde estaban los dealers pendejos de la barra brava de Boca, y el otro quedó sentado en el asiento trasero. De repente veo que se aproxima un patrullero, que pasa muy despacio por al lado de mi auto, que para adelante y se bajan… Yo no sabía qué carajo decir, inventé cualquiera, pero ni siquiera sabía el nombre de mi acompañante (una de las preguntas clásicas en tales situaciones era "¿cómo se llama el señor, de dónde lo conoce?"). Estar estacionado en una oscura calle de La Boca a las doce de la noche con un desconocido ya era sospechoso de por sí, pero lo que más me preocupaba era que justo aparecieran Gillian y el otro con la reciente compra… Obviamente no iban a ser tan pelotudos de encarar derecho hacia auto viendo que estábamos en plena tertulia con los amigos azules, pero tratándose de Gillian… cualquier delirio era posible: una noche se fue de compra a una villa cerca del Camino Negro, sola, y como no pasaba ningún colectivo hacia el centro… hizo parar a un móvil de prefectura y les pidió que la llevaran, “vengo de estudiar con una compañera de la facultad, no pasan colectivos ni taxis, este lugar es muy feo y me da miedo…” La acercaron hasta el centro, ella con su pedazo en la cartera, muy entretenida charlando con los milicos… ¿Sentiende?
Gus

lunes, 26 de enero de 2009

Spinetta: yo elijo, vos ve...

Esto puede parecer una selección tipo The Best of... pero en realidad no lo es. Se trata simplemente de un compilado de los temas del Flaco que a mí más me gustan. Esos temas que siempre me volaron la cabeza y aun hoy me siguen matando. Me podrán decir que omití tal o cual canción... infaltable, y yo pacientemente explicaré una y otra vez que no, que a lo sumo puede perturbarme un poco haber tenido que dejar afuera Irregular (de Invisible), Fermín (Almendra), Mi espíritu se fue (Pescado), Alma de diamante (Jade) y algún otro de los temas que a último momento tuve que quitar de la lista, sólo porque decidí que mi selección personal debía caber más o menos ajustadamente en dos CD de audio, por si alguien prefiere ese formato.

Si hacés clic en esta imagen, se agranda. Los links para descargar este primer discos son:

viernes, 23 de enero de 2009

¡Feliz cumple, Flaco! (Dill)


Nunca me oíste en tiempo


Que sombra extraña,

en tus ojos,

no sé que hago,

aquí en el sol...

siento esta memoria,

no sé qué dice...

Que extraña niebla,

en tu ojos,

ya no recuerdo,

los tiempos idos,

pero que extraña niebla...

Y en el diluvio tal vez,

me acercaré,

seré la lluvia,

que todo lo cambiará...

Nunca me oíste en tiempo...

siempre tuvíste miedo...

y solo había gramilla...

solo una idea,

y nada más...

Que lento sueño,

tu supuesto sueño,

que largo día,

hasta llegar aquí,

perdíste tiempo,

como la noche,

yo mañana vuelvo...

Que inmenso mundo,

si supieras,

te esperaría aquí,

en el sol pero que lenta calle...

Y en el diluvio,

tal vez me acercaré,

seré como la lluvia,

que todo transformará...

Nunca me oíste en tiempo,

nunca me oíste en tiempo...

siempre tuvíste un poco de miedo...

pero ahora estás a tiempo...

(escucha)
Dill

miércoles, 21 de enero de 2009

¿Disfraz?

Para G

Julio Cortázar decía algo así como que había que crecer pero sin dejar de escuchar al niño que fuimos (y no sé por qué empariento esa manera de pensar a la frase del Che que decía que había que endurecerse sin perder la ternura jamás). Como en otros aspectos de la vida pienso que lo anterior puede, de alguna manera, alentarse, "trabajarse" o al menos intentarse, pero en definitiva creo que es algo que se tiene o no. Digo: el niño que fuimos, el adolescente que nos habitó, estará más cerca o más lejos de estos adultos en los que nos hemos convertido debido más que nada a aquellos azares que conformaron nuestra personalidad y nada más (al menos hasta que algún científico malhumorado "descubra" que hay un gen que en algunos impulsa a ese niño-adolescente para que intente asomar sus travesuras a través de nuestros ojos de hombre). Mientras tanto doy gracias al espíritu que las merezca por tener siempre al alcance de mi mirada a ese infante que no me tira piedras sino que me convida a estar con él , a ese jóven que no deja de tener veinte años y todos los deseos del mundo y me dice "soñemos" y no "viejo de mierda". Algunos juegos de la infancia prefiguran al adulto que seremos: no puedo olvidar una fotografía (que aún conservo) de unos carnavales de cuando tenía diez años. Estamos con los pibes del barrio disfrazados mirando de costado ya que el sol de la tarde nos hería los ojos en aquella calle de Lanús: mi hermano de payaso, Miguel de espantapájaros, uno se había pintado con corcho quemado la cara y decia que él era un Negro y otro era un fantasma de clásica sábana agujereada en los ojos. Yo me había pintado, también con corcho, una barba y unos bigotes, había conseguido una camiseta media rota, había recortado unos "vaqueros" que ya no usaba y dejado las hilachas colgantes y me había puesto mis zapatillas Flecha. Hasta aquí imposible descifrar de qué corno estaba yo disfrazado. Pero éso lo resolví escribiendo en la camiseta con carbón y trazos gruesos y en diagonal hacia abajo la palabra que le daba nombre a mi disfraz y a lo que yo quería ser: yo escribí con temblorosas letras en el pecho de esa camiseta la palabra "Hippie". Eso quería ser yo a los diez años (pleno auge del hippismo -y de mi infancia-). Y estoy orgulloso de ese disfraz (de ese deseo temprano). Porque "Hippie" en mi mente infantil quería decir libertad, cosas espirituales, música, cagarse en los convencionalismos, amor, juegos y risas que esos grandotes, esos "viejos" de veinte, treinta, ostentaban con alegría en el barro de Woodstock. No se parecían a esos otros "viejos" a los que les gustaba vestirse de traje y corbata, que se habían olvidado de jugar, que estaban todo el tiempo con la seriedad de los serios, que buscaban tener cada vez más dinero y más cosas y que ya nunca más iban a abrir la puerta para encontrar maravillas en el país de Alicia. Mantener el niño cerca de nuestra carne que va conociendo las pequeñas y tenaces arrugas y canas me parece que hace la vida más apetecible. No he cambiado mucho desde mi adolescencia, he tratado de mejorar lo mejorable y no empeorar lo empeorable, me llena la vida la música y trato de abrir siempre la mejor puerta que existe y que se llama fantasía: allí no hay juegos prohibidos para ningún cincuentón. Sigo teniendo los mismos ideales y casi los mismos poquísimos amigos de entonces. No alejarse del niño que fuimos y seguir pensando como Spinetta: que "Dios es un mundo en el que amar es la eternidad que uno busca" son dos de mis banderas más queridas. Yo todavía soy aquél disfrazado de hippie. Quizás sea ése el logro más importante de mi vida de "adulto" y eso, aunque no me haya costado ningún esfuerzo, me enorgullece.

Dill

domingo, 11 de enero de 2009

Crónica de una tormenta

No podría precisar en qué momento se empezó a nublar. Algún viento del 2003 trajo los primeros grises que habrían de sacudir la calma celeste de mi cielo. Al principio, lo único grave eran los presagios de peoría: el sol todavía brillaba, y no parecía imposible eso que aun sigo pensando que pude haber evitado. Pero ahora.. no tiene sentido conjeturar sobre el derramamiento, ahora sólo queda llorar sobre la leche volcada: la tormenta llegó, y parece no tener fin.
Una tormenta es una tormenta, y los lectores optimistas de la realidad dicen que siempre que llovió paró, pero yo.. no pudiendo por naturaleza ser optimista, me reservo el derecho al pesimismo tras las conclusiones razonables que una mente lógica elabora a la luz de la evidencia. Sé que toda lluvia para; pero más allá de la duración de la tormenta, no puedo concentrarme en buenos augurios, sino más bien en la evaluación de los daños. Hay lluvias y lluvias, no son todas iguales. Algunas causan estragos, inundan, destruyen, matan.. Esta parece ser de las peores: si no me ahogo, habrá tanto que reconstruir..
Antes de la aparición de las primeras nubes, mi vida era.. fácil (fácil = tranquila y cómoda). Después, cuando se empezó a nublar, todo seguía siendo relativamente liviano, pero ya con ciertas limitaciones: la tranquilidad comenzaba a derrumbarse.
No puedo ver al trabajo de otra manera que como una forma de esclavitud. Tal vez una esclavitud moderna, camuflada, disfrazada de libertad, en la que el amo no es una entidad personal sino una abstracción.. pero esclavitud al fin. Desde esa óptica, diría que el laburo que perdí hace poco más de dos años era una esclavitud bastante libre. Como de puta VIP, digámos.
Pero antes de seguir, vuelvo un poco hacia atrás. El intrigante y largamente esperado año 2000 llegó, y me encontró al volante de un cochino taxi. Sin embargo todo parecía sugerir que, milagrosamente, mi vida entraba en una dimensión de cambios radicales, para bien. Gracias a una serie de casualidades que signaron mi estrella, en abril empecé a trabajar para una empresa de una provincia vecina, representante de otra empresa mayor, líder en el mercado de los lácteos. En mayo, cuando llegó mi hijo, yo ya era vendedor de la marca en Jujuy. Si tenemos en cuenta que no era fácil para un inútil de 42 años conseguir un trabajo bueno y seguro en este país reventado, supongo que cabía decir que mi suerte fue más que buena. Todo se solucionaba, y en los años de relativa prosperidad que siguieron, llegué a creer que me habría de jubilar en las mismas condiciones, llegado el momento..
Tiempo después, cuando algunas manchas sugestivamente negras empezaron a aparecer en el horizonte para alterar la calma, llegué a la conclusión de que hay que tener mucho cuidado con lo que se desea, porque se puede cumplir. Antes del 2000, yo deseaba tener un laburo como el de mi cuñado, y cuando él cayó en desgracia, dos años antes que yo, temí seguir corriendo su misma suerte: todo hacía prever que difícilmente pudiera soportar los embates de la crisis post Mendez.
Los primeros años estaba todo bien. Hasta podría decir que en un país en reversa para los laburantes en general, yo gozaba de una situación privilegiada.
Teniendo en cuenta mis hábitos austeros y mi medida ambición, mi vida era tranquila y cómoda (fácil, por propia definición). Los dos parámetros a considerar funcionaban a la perfección, y en equilibrio: las condiciones de mi actividad eran totalmente soportables, y ganaba lo suficiente para no tener ningún tipo de sobresalto en el bolsillo. Dicho de otra manera, el laburo no me atormentaba, no me resultaba insoportable, y ganaba bien. No tener que cumplir horarios era una bendición parecida a la libertad. No tener que madrugar, ni justificar nada, ni dar explicaciones que nadie me pedía, eran detalles no menores. Yo tenía que vender, cobrar y depositar la guita, y mientras el objetivo se cumpliera, nadie me jodía. Obviamente no me levantaba muy temprano (las 9:30 era una hora razonable para tomar unos mates con mi mujer antes de salir a la calle), ni trabajaba los fines de semana (ni los feriados): normalmente, los viernes al mediodía terminaba mi semana laboral, hasta el lunes a la tarde. Le dedicaba al trabajo un promedio de cinco horas diarias, movilizándome en mi auto, y con eso alcanzaba. No ganaba guasadas, pero mis ingresos superaban ampliamente los promedios de la gran mayoría. Otra buena era que no tenía que esperar a fin de mes para cobrar: diariamente tomaba las comisiones que me correspondían, y también podía disponer de adelantos semanales de hasta doscientos mangos sin pedir autorización (y en este punto aparece el arma de doble filo, el tiro que terminó saliendo por la culata cuando la mano se puso pesada). Estaba en blanco, todo legal, y por mucho tiempo mi relación personal con el dueño del circo (the boss) fue lo suficientemente buena como para que llegara hasta a ofrecerme dinero para cambiar el auto.. No tenía deudas, pagaba todo en tiempo y forma, vivíamos bien, comíamos y chupábamos lo que nos diera la gana cuando nos diera la gana, delivery de pizza un par de veces por semana, salir a comer afuera con frecuencia, asado todos los domingos, y los viernes.. esas picadas full que hoy tanto extraño..
Resumiendo: tenía un laburo liviano que no me abrumaba en absoluto, y me proveía los medios materiales para vivir sin sobresaltos. Esto duró unos tres años. Después todo empezó a irse a pique. No fue algo repentino, sino más bien como una bomba con una mecha muy larga que, una vez encendida, yo veía consumirse lentamente sin poder hacer nada para apagarla: el fuego avanzaba inexorable mientras la impotencia me limitaba a seguir haciendo lo que podía. Mi vida ya no era tan fácil: seguía siendo cómoda, y no nos faltaba nada, pero el precio a pagar era la pérdida de la tranquilidad.
Después de muchos meses de nubes cada vez más negras, en noviembre de 2005 estalló el temporal: la tormenta se desató con la virulencia esperada, ya no pude mantener oculta la columna del debe, 25 lucas que después de haber pasado por el bolsillo izquierdo.. ¿dónde están, quién las tiene?, las tendrá el Gran Bonete, porque yo.., y entonces "queremos el telegrama de renuncia mañana, como un gesto de buena fe."
A la mierda, todo se fue a la mismísima mierda. Y empezó otra historia de la que no tengo ganas de hablar: sólo espero que pronto sea apenas un mal recuerdo..
Gus

Ser o no ser...

Estoy pensando seriamente en abandonar este vicio nuevo que es componer música, porque… me pone nervioso. Nervioso y molesto, o algo así. El problema no está en los resultados, que hasta ahora me sorprenden y complacen. Tampoco pasa por el proceso de manos en la masa, que me resulta realmente divertido. El problema es otro: yo no soy músico ni compositor, nunca lo fui, hasta llegué a dejar la guitarra por mi imposibilidad para crear, y entonces ahora… ¡¿cuál es, loco?!, ¿qué carajo pasa, que me siento frente a la PC y con un software accesible invento partes musicales con la facilidad de una máquina de hacer chorizos para hacer chorizos? No carajo, no va. Esto no es así, o no debiera ser así. Me rompe soberanamente las pelotas estar metiéndome en algo que simplemente no comprendo: no tengo la más puta idea de cómo hago lo que hago, y entonces pienso que… me están usando. No se quién o qué, pero algo me está usando como médium que pone el culo para materializar melodías y armonías absolutamente ajenas a mi conciencia. Es muy loco, porque yo escribo como si fuera un software viviente (un ente), sin saber de dónde proviene eso que escribo, en un acto casi ajeno a mi propia voluntad. No loco, así no va: creo que me voy a borrar de ese mapa.
Gus

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Balance

Vivo un presente que amerita ser etiquetado como “de mierda”, pero sólo en lo que tiene que ver con el dinero. Puedo decir, exagerando, que está todo mal, porque dentro de un orden en que los individuos somos esclavos de un sistema económico (esclavos parias o esclavos VIP, pero esclavos al fin), sin dinero para acceder a bienes de consumo se la pasa mal. Puedo quejarme, putear, llorar mi jodida suerte, y no mucho más: sin poder económico, se puede muy poco… Sin embargo, si me ofrecieran resetear mi vida, barajar y dar de nuevo, elegir otra vida… no es mucho lo que cambiaría: básicamente mi vida es la que tomé, la que quiero y la que volvería a elegir, con apenas algunos ajustes en el plano material. El dónde/cómo/con quién estaría bien así, con esos leves cambios en el bolsillo.
Pero voy a ser más específico. Empecemos por el dónde. La verdad es que Jujuy me tiene un poco podrido. Llevo casi veinte años viviendo acá, y aunque no diría que me siento invadido por una compulsión de fuga, no me disgustaría que un cambio sanador del contexto general se diera en otro lado. Supongo que mi incomodidad con el lugar tiene que ver con que esta ciudad es como un símbolo de la malaria actual, y si pasara esa malaria, seguramente desaparecería la incomodidad. Pero mi mujer y mi hija porteña también están podridas de Jujuy, y a partir de eso, digo que me gustaría que nos pudiéramos ir a la mierda. No a Buenos Aires, pero sí a algún lugar copado. Si pienso en una vida ideal para mí, esa vida es fundamentalmente indoor, porque no me gustan ni las calles ni la gente, soy un ermitaño feliz dentro de mi casa, y entonces me daría lo mismo vivir en Bogotá, New York o Caleta Olivia. Pero por mis hijos preferiría un lugar con más vida y alternativas que Jujuy, ya que acá no pasa nada, nada de nada. Sigo con el cómo. Mi vida ideal sería muy parecida a esta, pero sin apuros económicos. Que no sobre nada, pero que tampoco falte. Soy un ser bastante austero, sin ambiciones exageradas: me basta con lo necesario para pagar los gastos fijos y que aun así en mi casa se coma bien. Puedo vivir sin un plasma, sin una computadora que sea el último grito de la tecnología, sin un auto de alta gama (si me apuran hasta diría sin un auto), sin aire acondicionado, sin tomar Chiva’s ni fumar Parisiennes, sin ir a comer a restaurantes caros, sin frecuentar shoppings. Si me tengo que ir de este planeta sin haber pisado Europa, la India, el Caribe o Brasil… me chupa un huevo, no tengo fantasías de viajero. Nunca me interesó tener un guardarropa de marcas exclusivas, ni me atraen la mayoría de las banalidades con que el ciclón consumista arrasa continuamente. Mis hábitos son relativamente frugales. Tengo algunos vicios menores, pero ninguno caro. Estoy naturalmente a salvo de la vorágine capitalista, especialmente en lo que a apariencias se refiere: no me interesa simular nada irreal, no invierto en la imagen ni pretendo cagar más arriba del culo. Hace más de veinte años que vivo con la misma mujer, la sigo amando, y me basta: no necesito un presupuesto aparte para joda y/o sex merchandising (putas incluidas). Como ya me metí en el terreno del con quién, sigo por ahí. Obviamente amo a mis hijos y no podría vivir sin ellos, no tan obviamente amo a mi mujer y no podría vivir sin ella.
Resumiendo, si pudiera elegir algo diferente de esto, sería algo no muy diferente. Me gusta levantarme temprano en tiempo de clases para llevar a mi hijo al colegio en auto, y volver con facturas para tomar mate con mi mujer. Me gusta ir al super a hacer las compras, y después hacer tiempo en la compu hasta la hora de ir a buscar a mi hijo al colegio, y a la siesta subir al dormitorio y echarme en la cama a mirar tevé, o dormirme si Morfeo así lo decide. Me gusta poner música abajo a la hora del mate de la tarde con mi mujer,
y después sentarme frente a esta máquina del demonio. Después cenar en casa, una buena picada, o sándwiches, o delivery de pizza, o bajar al centro a comer en algún lugar agradable. Una vida no muy diferente a la que llevaba en la época de La Paulina, pero para alcanzar el estado ideal eso debiera ser posible sin tener que laburar las veinticinco horas semanales que La Paulina me demandaba: así, cartón lleno…

Gus

lunes, 3 de noviembre de 2008

Historia de guitarras…

…que a nadie interesa, pero esto es mi chiquero y acá hago lo que se me canta: es tan poco lo que puedo fuera de este espacio, que no pienso pedir permisos ni privarme de desatinos en Nebuland, carajo (carajo así nomás, sin ¡!: no tengo fuerza para ser enfático).
El bordó no me gusta en general, pero me desagrada particularmente para autos y guitarras. Sin embargo, seguramente por no haber podido elegir, las dos guitarras eléctricas que tuve en esta vida fueron de ese color, o casi.
La primera fue una Faim Les Paul que me compró mi viejo en el ’73, cuando empecé a tocar. Aunque en aquel entonces había cosas peores (Kuc, Fratti, etc.), la Faim era un palo de bajo nivel, berreta hasta para principiantes. Pero el cuero no daba para más, y entonces fue mejor que nada. Recuerdo que quería una Les Paul (era devoto de la Gibson Les Paul), negra. Pero cuando fui con mi viejo a Daiam no había negra: había una Faim Les Paul color tinto a buen precio, y seguramente la ansiedad me convenció, más vale bordó en mano, iá, que negra el mes que viene.
Aunque esa guitarra me quedó chica muy pronto (dicho esto desde la más absoluta modestia), tuve que padecerla por… ¡diez años! Diez años que podrían haber sido más si no hubiese tomado la drástica decisión de vender la malla de oro del Girard Perregaux heredado de mi abuelo Luis, el yourugua. Fue en el ’83. Poco antes había aparecido en Buenos Aires una marca nueva (Ibanez) que parecía de primera, y como era bastante más accesible que Gibson y Fender… Pero los 30 gramos de oro no alcanzaban para un modelo top, así que decidí comprarme una Ibanez de gama media. La línea Performer era casi Les Paul: apenas unos pocos detalles de la forma y la parte del clavijero la diferenciaban, y la hacían más bella que la Gibson. Había visto una negra con harware plateado que me gustaba, y en Blue’s había una color cherry con metales dorados, muy linda, pero era la versión top del modelo, y costaba mucho más que 30 mogras de oro. Entonces decidí ir a Manny’s en busca de la que estaba a mi alcance, la negra (que por negra me gustaba más). Pero
en Manny's tampoco había negra: sólo había una color cherry muuuy parecida a la de Blue’s que costaba muchísimo menos que en Blue's (¡¿?!). Me acompañaron Dill & Guido, testigos de uno de mis primeros lucky strikes grosos en esta vida. La probé, me gustó, how much?, un millón novecientos cincuenta mil vaya uno a saber qué. Me dijeron que era una PF 150, el modelo más barato de la línea Performer. Así fue que otra vez terminé por el lado del bordó, sin querer: la guitarra era un avión, y la terminación superaba en calidad a las Gibson de esa época. Habría podido seguir buscando en otro lado, pero algo me decía que el color no era una razón que justificara pasar de largo, porque esa era la guitarra… Además de tener una apariencia impresionante, con mejor terminación que la negra, el color cherry oscuro brillante de la pintura dejando traslucir las vetas de la madera, combinado con el dorado de los micrófonos, puentes y clavijero, le daban un toque de belleza especial… Esto pasó hace mucho tiempo, y ahora me doy cuenta de que lo estoy contando para el culo, porque en realidad mientras la probaba ya me había dado cuenta de que algo raro pasaba, y por eso la toqué apenas unos segundos y dije me la llevo. También me compré un pedal (compresor), pero sin probarlo: en ese momento solo quería pagar y salir corriendo, antes de que se avivaran del error. En la factura decía Ibanez PF 150, pero… Salimos de Manny’s, yo con mi nueva guitarra en la mano, y nos mandamos a Blue’s. Estaba loco: entré, puse el estuche sobre el mostrador, lo abrí y le pregunté a Onorato (el hermano de Cacho de Daiam) qué modelo era esa viola. “PF 350”, me respondió. Necesitaba que me lo confirmaran porque no podía creer lo que había pasado. Le pregunté si era el mismo modelo de la que estaba en la vidriera, y me dijo que sí. Le pregunté cuanto costaba, y me dijo que tres millones… y yo no entendía nada: los de Manny’s se habían confundido a mi favor, había tenido un culo difícil de creer.
Muchos años después dije (y lo sostengo) que esa guita hubiera estado mejor invertida si la gastaba en los burdelitos a los que íbamos con el Negro Omar a beber whisky. Aunque no estuviera solo (ya andaba la criatura por ahí), aunque más que putas necesitara darme el gusto de no morirme sin haber tenido una buena guitarra, habría disfrutado más la malla del reloj de mi abuelo en los puteros. Pero eso no viene al caso ahora: estoy hablando de guitarras, y no de mis desengaños de guitarrista malogrado.
Bueno, tuve la Ibanez, la disfruté (o no) 13 o 14 años, y la vendí en Buenos Aires cuando llegó el momento. Así que a esa seguro que no la veo más. Pero la primera, la Faim… En el ’93 se la vendí a Viracocha. Viracocha estudiaba en Córdoba. En Córdoba, tiempo después, fue a parar a manos de Happy (no se si en carácter de venta o de préstamo seguido de afano). Happy es amigo mío. El sábado pasado vino a casa. Estábamos tomando mate cuando Silvia le preguntó si estaba tocando. Happy dijo que no. Le pregunté si tenía el bajo, y me respondió que si, pero que para tocar en casa, solo, el bajo no le atraía demasiado, y prefería tocar la guitarra. Le pregunté si tenía guitarra eléctrica, pensando en ir algún día a grabar con tracción a sangre algún solo en alguno de los engendros que compongo con el Guitar Pro, y me sorprendió: además de una viola azul que se compró alguna vez en Córdoba, tiene otra prestada y también… ¡¡¡mi vieja Faim Les Paul color totín!!!

Gus

martes, 15 de julio de 2008

Nostalgias

En los últimos años, tratando de justificar el placer mórbido que experimento cada vez que un resbalón del alma hacia atrás me lleva a visitar el pasado, creo haber escrito fragmentos que, recopilados, revisados y ordenados, podrían ser un tratado (una apología) de la nostalgia. No sé si la nostalgia es buena o mala; no sé si es un sentimiento sano o inofensivo o perverso; no sé nada al respecto, ni me importa: sólo puedo asociar la noción de nostalgia con cierta voluptuosidad más o menos retorcida, algo así como una droga light que podría no serlo tanto.. pero que en todo caso no deja de seducirme y atraerme.
Antes de continuar, voy a intentar una definición de "nostalgia" acorde a mi visión de su naturaleza, porque la definición oficial no me convence (según el diccionario de la RAE, nostalgia sería "Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida"). Hace mucho noté que la palabra nostalgia podía descomponerse en dos partículas, nost y algia, la primera "adverbial", y la segunda "sustantiva". Algia significa dolor, y como sufijo requiere que la partícula a la que precede defina la localización del mismo (ej.: lumbalgia, neuralgia, mialgia, etc.). "Nost" podría provenir de gnosis, que deriva del término griego "guignosco", y etimológicamente significa "conocer". En este punto, armando el puzzle, digo que nostalgia es el dolor de lo conocido.. la manera en que el pasado (lo único ciertamente conocido) duele al evocarlo en el presente. Y ante esto, me declaro un perverso que goza maltratándose emocionalmente..
Desde que escuché la frasecita de Sabina, no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió, no dejé de repetirla como idiota cada vez que mi compulsión a la recurrencia me llevaba a lo mismo. Y también dije muchas otras cosas que, correctamente interpretadas, habrían revelado lo que yo, bastante lento cuando de mí se trata, recién descubrí hoy..
La frase de Sabina es contundente, redondita, y seduce porque también es poesía, pero.. Pero, pero, pero.. no me convence. ¿Por qué peor, peor que qué? Peor las pelotas: la nostalgia en general me sienta bien, y esa añoranza que evoca lo que no fue.. es mi preferida. Respeto sentimientos y opiniones diferentes, al que le joda la nostalgia que cambie de canal y mire otra película. Yo soy habitué de Volver..
Lo que se me acaba de revelar es precisamente mi especial devoción por la nostalgia de lo que, pudiendo haber sido, no fue. Esas patinadas de mi mente hacia el ayer siempre son consecuencias de algo. Ese algo, el vehículo mágico que me dispara de una violenta patada en el alma al túnel del tiempo, casi siempre es la música; y fue justamente escuchando música que se me aclararon las cosas. Me di cuenta de que la nostalgia más fuerte, la que más me atrapa, es la que aparece cuando escucho canciones que no escuchaba (porque no eran mi palo), hace 25 o 30 años. Se me vuela la cabeza ante la música que sonaba en ese escenario que para mí estaba vedado. Me deslumbra de nostalgia esa música que era en cierta forma la banda de sonido de lo que no podía ser (porque yo ya era mi peor enemigo), y entonces no fue. Me causa placer ahora escuchar lo que no escuchaba cuando no hacía lo que no hacía. En cambio la música que sonaba en el living de mi casa, en el de la del gordo Collarini, en la de Analía, en la de Guido o Guillermo después, me tira una carga de nostalgia down, y aparece un sentimiento muy onda bajón. Como si no quisiera recordar lo que realmente fue, como si eso sí me hiciera mal..
COROLARIO: dado que para mí lo peor es lo que me hace mal, digo sin remilgos que no hay nostalgia mejor que añorar lo que nunca jamás sucedió..
guS

Poco serio

No debiera caer en la tentación… insensata, inconveniente, absurda, de siquiera pensar en mis manos sobre una guitarra. Pero todo es posible en esta dimensión conocida de errores repetidos, metidas de pata en el mismo agujero, y fallidos varios casi casi voluntarios.

Una siniestra profesora de Educación Democrática de primer año del colegio secundario decía que “inteligente es aquel que sabe lo que le conviene, y lo hace”… Desde esa óptica tan particular, nunca fui inteligente: soy un tarado. Pero ya que cité esa frase de verdulería, bien puedo echar mano a otra, no menos retro: mi vieja decía “soy así, siempre fui así, y no voy a cambiar a los… (equis) años”. Esta sentencia revela un grado de necedad que también me va como anillo al dedo, la suscribo.
No habiendo podido escapar de esa constante maniática que me impide evadir prolegómenos, ahora sí voy al punto.
Después de muchos años de absoluto alejamiento formal de la guitarra, no es un secreto que sigo amando a la música como siempre, y que la ruptura con la cosa activa me convirtió en un pasivo que disfruta más de ese amor, como simple oyente, como pajero. Es, de alguna manera, un logro. Algo que está bien así, y no debiera permitir que se modifique… si fuera inteligente. Pero nunca supe encontrar los caminos hacia lo que me conviene, y no creo que pueda cambiar los cincuenta años…
Hace un par de semanas me bajé el Guitar Pro, un programa muy interesante y útil para guitarristas non pro. No me voy a dispersar describiéndolo: sólo diré que, entre otras muchas opciones, permite escribir música intuitivamente de una manera bastante simple a partir de un mínimo conocimiento de la métrica (las figuras), y provee las herramientas para una edición casera bastante decente. Conocía ese programita, pero hace unos cinco o seis años no tuve paciencia para descularlo, y lo desinstalé. Ahora decidí volver a entrarle, con un poco más de convicción, y terminé maravillado. Estoy escribiendo un tema musical sin grandes pretensiones, casi exclusivamente de memoria, en el aire, sin la viola montada en la gamba. Y la verdad es que… llegué a una conclusión sorprendente: antes, cuando tocaba la guitarra, me faltaban muchos recursos de músico, sí, pero no era eso lo peor, lo peor no era consecuencia de una carencia sino de un exceso: me sobraba la guitarra. Parece una joda, un juego de palabras ingenioso, pero es la pura verdad. No niego que siempre me sentí limitado, casi vedado, por la falta de inspiración, la no imaginación que me impedía componer. Pero la guitarra representaba, sin que yo lo supiera, la barrera infranqueable. Porque el mandato era claro: me importaba más cómo que qué. Los que me conocían no esperaban de mí composiciones grosas, esperaban un solo de la hostia en un tema de otro o en una zapada. Y yo me la creí hasta el punto de decirme “si no podés componer, tenés que hacer que la viola se convierta en un lanzallamas”. Demasiado para mí, demasiada exigencia, demasiada presión…
Ahora, guitarless, me siento liberado ante una herramienta informática que me permite escribir música para varios instrumentos, arreglarla, editarla, mezclar pistas y hacer retoques, todo yo solo y sin tocar un solo puto instrumento real. Puedo escribir y escuchar al toque cómo suena el engendro… y eso es mágico. Por supuesto que no puedo prescindir totalmente de la guitarra, ya que me facilita el maneje de escribir algunas melodías, o de probar redistribuciones de notas de acordes para buscar la inversión que mejor me suene. Pero en todo caso es un trabajo intermedio, de paso, y no es necesario que yo pueda tocar lo que quiero escribir como realmente va a sonar una vez escrito. Una maravilla.

Gus

lunes, 14 de julio de 2008

20/01/2005

Del rock and roll de estas tierras sólo me gusta lo que se hizo... antes de Malvinas. Ese es el único hito que se me ocurre, y lo siento como algo más que un simple punto de quiebre o cambio: siento que algo pasó en aquella época, y tenga o no que ver con la guerra, pasó justamente en aquella época, no antes, no después, pasó a partir de ahí, y a partir de ahí hay un antes y un después de la guerra contra el imperio del rock. Pero no podría explicarlo, tal vez porque no tengo una explicación, tal vez porque no me interesa tenerla ni poder explicar nada: es así y punto.
Lo que no me gusta de Los Redondos, Divididos, La Renga, etc., o lo que hace que no me gusten esas bandas, tiene un definido sabor a lo que empezó a pasar (y a sonar) en la post guerra, cuando algo se perdió para siempre, y algo medio... “antinatural” apareció en los discos y en los escenarios del rock argentino. (Lo de “antinatural” es una opinión personal, y me hago cargo. No tengo ganas de forzar mi frágil mente para explicarlo, salvo que sea muuuyyy necesario.)
Me gustan las viejas bandas de rock and roll argentino. Polifemo, El Reloj, Pescado Rabioso, Pappo’s Blues, Manal, y algunas olvidadas, esa onda. Me parece que un puñado de bandas con personalidad le dieron un matiz muy particular al rock rioplatense a.M. (antes de Malvinas), y entonces creo que hablar de “rock (and roll) argentino” es algo que le cabe más a lo de aquella época casi prehistórica que a las movidas que vinieron después. Porque era rock and roll, y era argentino. Tenía identidad. Con esto no estoy diciendo que las bandas de rock actuales no la tengan: aunque no me gusten, creo que también tienen una identidad... argentina. Pero... no sé, no sé por dónde pasa eso que tanto me desagrada de grupos como La Renga, Los Redondos, Callejeros y, en general, todos los que tocan rock de por acá. ¿Será sólo porque no tienen un Spinetta como Pescado, o un Lebon como Polifemo, o un guitarrista como Pappo, o habrá algo más?

Gus

lunes, 12 de mayo de 2008

Por ahora

Por Dill
Pero...
Lo terrible para este país me parece que radica en que no hay nada más allá del horizonte K. Y entonces no nos queda otra (porque no nos queda otra) que ir tratando de ver cómo criticamos a los K sin llevar agua para los tantos molinos de acero, muerte y egoísmo que hay más allá de esa letra.
Repasemos. Dejando de lado lo más importante que es la derecha, es decir quienes tienen el verdadero poder en el mundo ¿qué nos queda? ¿Ir donde Lilita "yo veraneo en Punta" Carrió que apoya a los piqueteros campestres y parece defecar pequeños soretes-República, ya que es lo único que aparenta morfar? ¿Abrevar en los radicales que deberían, por lo menos, ir pensando en cambiarse el nombre? Antes la lobotomía, please. Y, last but not least, nos queda la izquierda Argentina. ¿Nos queda? Vergüenza ajena dan esos puñados de come-hombres-crudos que parece que vivieran en la octava dimensión de alguna galaxia perdida más allá de la Via Láctea, siempre a punto de tomar el Palacio de Invierno (algunos de ellos apoyando a los campestres porque dicen que "la peonada está soliviantada" y que la revolución está al caer y otros cuatro saliendo de alguna de sus reuniones con cinco ideas diferentes). A veces me da cosa decir que me siento un tipo netamente de izquierda.
Entonces. Entonces. Entonces.
Repito: el peligro más grande para el País es que no hay oposición creíble y que lo más creíble resulta ser algo que en otros tiempos nos hubiera parecido increíble estar (de alguna manera) sosoteniendo. Me refiero a los K. Sí. Literalmente no queda otra. Por ahora.
Dill
--------------------------------------------------------------------------------------------------------------


De acuerdo
Sí compadre, lo terrible es que no hay nada más allá del horizonte K, nada en qué confiar, nada mejor. Entonces no nos queda otra... por ahora (el "por ahora" debe escucharse como con efecto fade out, bajando el volumen, ya que lo agrego sin convicción: el optimismo nunca fue una de mis gracias). De lo que hay, los K son lo preferible; dentro de la basura, lo menos nocivo.
Yo critico a los K con la mayor dureza, me despacho a gusto en mi blog porque sé que por acá no corren aguas que desemboquen en lagunas inconvenientes, ni soplan vientos de molinos de acero, ni existe la menor posibilidad de que mis opiniones se confundan, o se pretenda usarlas en otros contextos de oposición a los que no adhiero: ¿quién carajo soy yo? no existo...

Gus


domingo, 11 de mayo de 2008

Cuba libre

¡Qué carajo me importa si renunció Fidel, si se inundó Buenos Aires, si el presidente de Francia hace boludeces, si Bush aniquila hitlerianamente pero con una moral más baja aún y el silencio cómplice de medio mundo, si hubo huracán en el Caribe o tsunami en la conchinchina, si el Manchester gana la Premier League, si todos los cubanos saben leer y escribir, si la fiebre amarilla baja desde Paraguay, si Maradona se pone en pedo, si Chávez negocia con las FARC, si la princesa argentina tiene cría holandesa, si se suicidó un pobre infeliz tirándose al río desde el Puente Lavalle…? No me importa ni me conmueve absolutamente nada que no me duela en el cuerpo o me vuele la cabeza.
Me saco simbólicamente el sombrero ante Fidel, el Che y la Revolución Cubana (un ejemplo que el mundo no quiere ver), y vomito frente a todo lo que me provoca náuseas, pero no me pidan más que eso, no esperen que haga algo…
Las protestas de los que se quejan de llenos… no me parece que valga la pena escucharlas: son apenas un número de circo inmoral, una payasada infame e irrelevante al lado de la realidad de los que caminan por la cuerda floja con su hambre a cuestas, entre la vida y la muerte.
Hay en Cuba (y fuera de Cuba) un hiperpuñado de imbéciles con delirios de american way of life, que sólo piensan en sí mismos (obsceno culto al individualismo capitalista), cerrando los ojos a la realidad que muestra que en Cuba a nadie le falta lo indispensable porque a nadie le sobra lo superfluo.
Hay en todo el mundo una descomunal horda de hijos de puta que no darían un televisor para salvar una vida…
Una revolución popular es muchas cosas, pero ante todo es un cambio radical de la conciencia colectiva, en pos de valores que no se cuestionan ni negocian, como lo son el derecho a la alimentación, a la salud, a la educación y al trabajo digno, en total igualdad de condiciones y posibilidades para absolutamente todos. Un gobierno que no garantice eso, como sea, caiga quien caiga y a costa de lo que cueste, me parece una soberana mierda.
¿Hace falta que diga lo que pienso de los Kirchner? El pregonado “crecimiento económico” de la Argentina K me daría risa si el asco me permitiera mover los labios sin riesgo emético: una falacia acorde a la inverosimilitud de los datos del INDEC que el gobierno pretende hacernos tragar como si fuéramos pelotudos, no se puede tomar en serio, debe ser una joda para Tinelli…
Se que muchos me van a hablar de buenas intenciones, y acepto que este gobierno eligió un camino más sano que el de sus antecesores en algunos sentidos, pero… pero, pero: el tiempo pasa y no pasa nada, todo sigue igual, empeorando. Y yo no digiero mentiras ni acepto atenuantes, en este punto soy intransigente: el estómago de los pobres no entiende razones ni se llena con guarismos trasnochados que no se perciben en la realidad, y sigue silbando de hambre. No puede llevar a buen puerto un cambio que empieza con “crecimiento económico” parcial, clasista, que favorece a los favorecidos de siempre, larvas de aquella misma oligarquía que cuando no pudo seguir en el gobierno a través del fraude, vio en Perón a su peor enemigo y en las Fuerzas Armadas la herramienta para perpetuarse. No insinúa buenos presagios un “crecimiento económico” trucho pregonado sin evidencias palpables para el pueblo de abajo, que no entiende ni le importan los números de la macroeconomía. No cambia lo más importante que habría que cambiar ese “crecimiento económico” que sólo lo es en los manuales técnicos de los empresarios y dirigentes políticos que siempre comieron bien. No cambia nada si el cambio no empieza desde abajo con claro alcance colectivo.
Y volviendo a Cuba… ¿qué se les puede decir a los pobres infelices del capitalismo sudamericano que sólo ven en la Revolución Cubana la poca tolerancia al disenso ideológico, y pretenden demonizar al régimen de Castro por detalles menores que sólo apuntaron a preservar lo conseguido y que, en el peor de los casos, no son peores ni más crueles que los métodos criminales del capitalismo liberal? Nada, yo no les diría nada, ¿para qué? O les diría que sigan comiendo áca, que sigan esclavos de inalcanzables american dreams, que sigan ciegos y pelotudos lamiendo el culo que los caga mientras les venden una y otra vez los espejitos aberrantes y baratijas de colores del capitalismo con un rótulo que dice Democracia. Les diría que lean lo que escribió Sandra Russo, que escribe mejor que yo…
Tras medio siglo de gobierno de Castro, Cuba es libre de analfabetismo y de muchas otras plagas. Cuba es libre de miseria, de desocupación, de enfermedad, de discriminación y demás abusos totalitarios del capitalismo. Si yo fuera un experto en economía y estadísticas, graficaría analíticamente la comparación de las respectivas evoluciones en ese plano entre Cuba y la Argentina en los últimos 50 años… Pero no vale la pena: los idiotas seguirán recitando el verso que les vendieron, y masticando vidrio. Y en todo caso, no son esos idiotas ignorantes lo peor del rebaño: lo peor, lo más siniestro, es esa clase media acomodada que vive un american dream prefabricado, de tercer mundo, y es bien consciente de cómo están las cosas en la Argentina en realidad, pero no sacrificarían un centavo en pos de una distribución más equitativa y justa, porque saben que para ascender en este sistema es necesario que haya debajo una escalera de cabezas que pisar. Acá está todo mal. Si el tipo que tiene dos autos, manda a los hijos a un colegio privado y veranea en Punta del Este, le decís “se acabó viejo, en este país hay gente que se muere de hambre, hay analfabetismo, hay desigualdad”, te va a responder que no es su problema, que lo que tiene se lo ganó, que no es un delincuente ni la Madre Teresa, y no va a aceptar resignar nada para que todo el mundo tenga por lo menos los mismos derechos. Nos guste o no, eso es la democracia de por acá. Y yo en esa democracia no creo: un sistema de organización social que no puede garantizar la vida, la salud y la dignidad para todos, es una superlativa mierda. Cuando se repartió injustamente, fraudulentamente, el que tiene de más es cómplice del fraude. Les guste o no… es así. Aunque no hayan robado a punta de pistola.
Estos payasos que están gobernando la Argentina me tienen podrido. Aplaudo la gestión de los K en algunos aspectos, especialmente en lo relacionado con los derechos humanos y la justicia tardía para los milicos asesinos del Proceso (aunque se les haya escapado Patti), pero no basta con encanar a unos cuantos genocidas. Mirá Cristina, me parece asquerosamente inmoral hablar de crecimiento económico en las actuales condiciones. Acá hay una inflación de la hostia, el INDEC miente, los terratenientes del campo se te cagan de risa, el timón de la economía parece girar alocadamente sin control, el rumbo parece perdido, el barco se va a pique… ¿Adónde está el crecimiento económico? ¿En Barrio Norte, en San Fernando? Puede ser, pero si es así mejor sería cerrar el culo, porque un crecimiento económico parcial es sectario, es más de lo mismo, es mierda pura. Si no es tangible para todos, si no llega a la villa, si no se nota primero en la mesa de los más necesitados, no es crecimiento un carajo. Ustedes hablan de otra cosa, y entonces les pido que no sean cínicos. Ya no más, please.
Gus

miércoles, 30 de abril de 2008

A QUIEN CORRESPONDA

aporte de Dill

Un poema de Oliverio Girondo

QUE LOS RUIDOS TE PERFOREN LOS DIENTES...

Que los ruidos te perforen los dientes,
como una lima de dentista,
y la memoria se te llene de herrumbre,
de olores descompuestos y de palabras rotas.
Que te crezca, en cada uno de los poros,
una pata de araña;
que sólo puedas alimentarte de barajas usadas
y que el sueño te reduzca, como una aplanadora,
al espesor de tu retrato.
Que al salir a la calle,
hasta los faroles te corran a patadas;
que un fanatismo irresistible te obligue a prosternarte
ante los tachos de basura
y que todos los habitantes de la ciudad
te confundan con un madero.
Que cuando quieras decir: "Mi amor",
digas: "Pescado frito";
que tus manos intenten estrangularte a cada rato,
y que en vez de tirar el cigarrillo,
seas tú el que te arrojes en las salivaderas.
Que tu mujer te engañe hasta con los buzones;
que al acostarse junto a ti,
se metamorfosee en sanguijuela,
y que después de parir un cuervo,
alumbre una llave inglesa.
Que tu familia se divierta en deformarte el esqueleto,
para que los espejos, al mirarte,
se suiciden de repugnancia;
que tu único entretenimiento consista en instalarte
en la sala de espera de los dentistas,
disfrazado de cocodrilo,
y que te enamores, tan locamente,
de una caja de hierro,
que no puedas dejar, ni por un solo instante,
de lamerle la cerradura.

Oliverio Girondo

miércoles, 23 de abril de 2008

Bronca contenida

Mi simpatía por este gobierno K es limitada, estrecha. Mi apoyo a sus medidas rengas no es incondicional: apenas se circunscribe a hechos puntuales muy definidos. Estoy del lado del gobierno en la puja con los productores agropecuarios sólo porque estoy en contra de la ambiciosa prepotencia de esos oligarcas de mierda. Nada más: no soy kaísta. Aplaudo lo que está bien, pero pienso que la mayor parte del bulto que llena el paquete está mal. Y ahora tengo mucha bronca, basta, se terminó, lo que se daba no se da más, me pudriste Cristina. Ya lo dije en mi opinión del 27 de marzo (ver Mano dura, please): las cosas a medias no sirven.
Si la idea es implementar una política redistributiva que apunte a una mayor equidad social, no se puede negociar con el enemigo, y mucho menos someterse a sus caprichos egoístas. Hasta ahora, lo del gobierno es una lamentable payasada que puso contra las cuerdas a la clase más baja: no se consiguió lo que en realidad será imposible si se espera contar con la aceptación de los que nunca quieren perder privilegios, y las consecuencias de la demostración de poder de estos, en contraste con la debilidad de un plan sin estrategias claras, ahondó el caos inflacionario que nos está llevando al abismo. Los parásitos del campo hicieron paro, cortaron rutas, provocaron un desabastecimiento que fomentó la especulación de otros sectores de poder económico no menos parasitarios, y esto se transformó en más inflación (que seguramente el Indec intentará camuflar como quien tapa una hoguera con una hoja de papel de diario). No es válido hablar de incrementos circusntanciales, porque nada de lo que aumentó como consecuencia del desabastecimiento volvió a su precio anterior, y un aumento permanente se define técnicamente como inflación. Todo a medias, pero a medias mal: un tiro por la culata...
¿Cómo hubiera sido hacer las cosas no a medias? Simple: tratar a los Cardon men del campo como si fueran maestros patagónicos, usando la fuerza pública para que se suban a las 4x4 y se dejen de romper las pelotas en medio de la ruta, por las buenas o por las no tan buenas, ¿para qué están los gases lacrimógenos y las balas de goma? Una demanda violenta que atenta contra los intereses colectivos justifica plenamente una respuesta igualmente violenta. Cortar rutas y digitar el destino de un país es violencia, vaciar más aun las mesas de los pobres es violencia, aunque no se vean armas. Y después, despejadas las rutas, si siguen jodiendo se aplica la Ley de Abastecimiento y a otra cosa.
Pero al gobierno lo único que se le ocurre es mandar al descerebrado de D'Elía y sus muchachos como fuerza de choque en la Plaza, y a Moyano y sus camiones como patrón de las rutas...
¡Basta Cristina, la concha de tu madre! Los tiempos de aquellos a los que las tripas les silban de hambre no son los mismos que los tuyos, dándote el lujo de tunear el avión presidencial y comprarle un auto de cuarenta lucas verdes a tu hija adolescente. Este pueblo, el estrato más sumergido de este pueblo, espera respuestas inmediatas, hechos concretos para paliar la tensión de la miseria. A medias no sirve, a medias es nada, o hasta peor que nada…
Gus 

lunes, 21 de abril de 2008

Fragmentos de cartas de 2004

De Gus a Dill

28 de marzo ‘04
Se cumplieron veintiocho años del golpe militar del ’76, y aunque no tengo ganas de hablar mucho del tema, sin ponerme solemne quiero compartir con vos un minuto de… reflexión.
Esa historia negra del país es una historia negra en nuestras vidas, que seguramente, como vos decís, habrían corrido mucho más peligro si la cosa nos tomaba un par de años más grandes, pero que igual nos agarró en un momento tan crucial en la vida de un ser humano que casi diría que nos la cagó. Lo que quiero decir es que tanta represión y tanto miedo vividos a los dieciocho años seguramente contribuyeron a acentuar algo que venía con nosotros desde la cuna: éramos medio pelotudos desde el vamos (no se ofenda compadre: yo era medio pelotudo, y me parece que usted también), y esos milicos de mierda (la cara visible de un poder maldito), nos cortaron las alas del cuerpo, obligándonos a generar un anticuerpo con forma de alas de la mente que, al no encontrar un espacio para volar libremente, se anquilosaron y se convirtieron en símbolo de que "lo que está y no se usa nos fulminará".
Hace un rato dije que los milicos nos cagaron la vida, y la verdad es que no estoy muy convencido de que haya sido tan así. Me incomoda un poco haber dicho eso, que entre otras cosas parece una falta de respeto a la memoria de los que fueron torturados y desaparecidos. Seguramente no fue agradable para nosotros (y para otros miles y miles de sobrevivientes) haber padecido la dictadura, pero cuando pasó estuvimos intactos para celebrarlo. Y para intentar recomponer la estructura sicológica descompaginada por el horror.
Sin embargo creo que los milicos no tuvieron mucho que ver con algunos puntos básicos de mi vida, como la incapacidad de relacionarme bien con el sexo opuesto. Antes del golpe, y durante la dictadura, yo ya estaba mal parado en ese terreno, y creo que si en lugar de estar viviendo tiempos de absoluta represión en todo sentido hubiera transitado la adolescencia con un entorno de destape, habría quedado igualmente descolocado (aunque esta vez no pluralicé, me parece que la prenda le calza también, compadre).

9 de marzo ‘04
Cuando yo hablo de Dios, me muevo en un plano del absurdo, compadre. Al igual que usted, no creo que Dios haga ni deje de hacer nada en el ámbito terrenal (ni en ningún otro: ¿qué podría hacer o dejar de hacer alguien que no existe?). Nadie puede estar seguro de nada: tanto los que creen como los que no creemos, nos manejamos dentro del ámbito de la fe o la falta de ella, ya que pruebas no tenemos de nada. Ni siquiera la razón da respuestas concluyentes. La pregunta entonces sería ¿porqué hablo de Dios si no creo que exista? Bueno, hablo de Dios porque el enemigo habla de Dios. Cuando yo cuestiono o puteo a Dios, en realidad lo que estoy cuestionando o puteando es el manejo de la idea de un Dios digitada por el poder siniestro de los siniestros poderosos que gobiernan el planeta: en sus manos sucias, Dios es un arma más poderosa y letal que cualquier otra, aunque no se manifieste con explosiones ni disemine virus o gases de mierda. Cuando me dicen que Dios castiga y yo les contesto que entonces Dios es un hijo de puta, lo que les estoy diciendo es “ustedes son unos hijos de puta”. Pero para nada quisiera que mi mambo con Dios, o con la idea de un supuesto Dios en el cuál no creo, resultara ofensivo para quienes sí creen.