..QUE HOY SEA AYER SIN MAÑANA

viernes, 27 de febrero de 2009

Los fantasmas de La Opera

Siempre había tenido la idea del "self murder" como un as escondido en la manga, o en un bolsillo del alma. Saberlo a mano tranquilizaba un poco, traía cierto sosiego, especialmente en los momentos más pesados. El suicidio como una puerta siempre abierta que uno cierra para no ver el otro lado antes de tiempo, pero que necesariamente se asegura de dejar sin llave, por si las putas. Sí, definitivamente era sedante saber que si uno es dueño de su coraje también lo es de su vida y.. de su muerte.. de su destino: "los que no pueden más se van, cuando no pueda más..." Por mucho tiempo ese pensamiento me acompañó como un Rivotril sin receta, hasta que supe que iba a nacer mi hija y.. algunas cosas se dieron vuelta en mi cabeza para siempre.
No sé qué es mejor. No sé qué es peor. No sé casi nada: cada vez más me muevo instintivamente, empujado por la inercia que me lleva hacia adelante.

Cerré aquella puerta del escape perfecto, tiré la llave en una alcantarilla, dejé de pensar lo que ya no me cabría, y empecé a soportar todo con una visión distinta del dolor. No me pidas que sea más claro o más profundo. Digamos que el amor hace milagros...

Te conté que el pasado nunca me hizo mal, que nunca me jodió. Es el presente lo que jode y hace mal. Es el futuro lo que asusta. Pero el pobre pasado... no tiene fuerza ni poder alguno sobre mí. Mambo mío: no digo que las cosas tengan que ser iguales para todos. Creo que la clave para no seguir sufriendo hoy las puñaladas de ayer está en la luna que fue, y no en el sol que vendrá. Sufrir hasta perder la noción, y dejar de sufrir cuando el dolor se acabe, que nada es eterno.

Como sea, amo mi historia. Con sus capítulos buenos y sus desastres más horrorosos. Por eso me gusta darme vuelta para mirar atrás, con esa nostalgia que no es buena ni mala, y revivir en la memoria aquello que es mío porque lo fue. Lo hago como desde afuera, pero me termino metiendo porque siento un dulzor templado en esas aguas que ya no mojan, y sin embargo humedecen el alma. Me gusta más que mirar hacia adelante. La hoja en blanco se llenará de cualquier manera, y pasará a ser una más de las que miraré atrás con más entusiasmo que cuando estaba adelante, vacía y temible.

Me parece que este Guido 2004, si pudiera entrar al túnel del tiempo para viajar hacia atrás, sería un terrorista del pasado, tiraría bombas, volaría lugares, cortaría cabezas, no dejaría nada en su lugar. Y al volver al futuro.. ¿habría cambiado algo? Creo que sólo explotan las granadas tiradas acá, hoy.. Pero hoy acá uno ya no tiene contra qué tirarlas, ni sirve intentar destruir lo que ya no existe...

Se puede dejar de hacer algo por la fuerza, pero.. ¿se puede dejar de recordar por decreto, se puede cambiar lo que se siente sólo proponiéndoselo?

Si encontrás la entrada al túnel del tiempo y decidís emprender alguna cruzada tipo cacería de fantasmas, avisáme para que no viaje al mismo tiempo, porque seguramente sería tu enemigo..

Hagamos algo: no hablemos más de encuentros de fantasmas en La Opera. Olvidáte. Olvidémosnos. Si algún día yo estoy allá y se me vuelve a ocurrir la misma idea, te diré “Guido, ¿te prendés?”. Y vos me decís “sí” o “no”, sin explicaciones ni pistolerías de terminator italiano ajustando cuentas a su pasado. Porque en tu rancho la idea hizo demasiado ruido para ser simplemente una estupidez o algo que no te atrae y te resbala. Si en ese momento te olvidás de las imágenes de la vieja película, y si queda en vos algún sentimiento rescatable hacia los otros personajes.. tal vez te cope mi espantosa propuesta. Y si no.. está todo bien: me basta con saber que a mí sí me querés en tu hoy.

Asumámoslo, Guy: nos une este presente virtual que vence distancias, y también (o porque) nos une un pasado real (ese que no nos pudo separar). Nos unen el amor y el espanto.

A veces no tengo qué contar. A veces tampoco me da la cabeza para inventar, improvisar o sacar conejos de una galera vacía. Cuando eso me pasa, el recurso más simple es responder. Pero a veces me resulta difícil responder tus mails. Me gustan, son volados, son copados hasta desde lo literario, y fundamentalmente revelan un estilo definido (the Guido style). Pero si yo entrara a vibrar en la misma frecuencia, lo nuestro terminaría pareciendo una cantata interpretada por el coro de niños mogólicos de Balvanera. Y además, no es ese mi estilo hoy.

Por si no se nota, te aclaro que esto es una explicación de por qué a veces se demoran mis correos.

 
Gus (2004, para Guido)

Merlin

Acá también está fuera de servivio: un rayo le quemó la varita...
Gus

Dar el alma

Y, sí. Porque lo que sigue de alguna misteriosa manera refleja éso que han dado en llamar alma y que no se sabe muy bien qué es pero que está. Éso que al volar de aquì hace de nosotros una porquería vacìa. Y yo me resisto a creer que seamos la nada que ya empieza a pudrirse en un cajón.
Entonces: pedacitos de mi alma. Esta vez con un tema que los une y que podrìamos llamar amor...o desamor.

UN POLVO

All you need
el polvo caído sobre una armónica
relación más la humedad
que desalienta los tonos
no hacen otra cosa
que reflejar la ley
de gravedad.


ESPIRAL

is
no deja nunca
espiral
de sorprender a las manos
nadie
se acaricia dos veces
en tu misma
piel.


ROCE

love
para rozar un olvido
que los ojos no cejan
él murmura una y otra
vez cuando ella entra
los labios y deja
caer ramas por dar.

el vacío que se ve
trama la noción
de las preguntas entre sí.

Dill

Es decir...

Concha'e tu madre blogspot, desde esta mañana estoy tratando de abrir una entrada con un texto copiado de un doc de Word, y no puedo: hay un párrafo que no aparece, no se pega. ¿Qué... me están jodiendo, no les gusta lo que digo?

¡Datos con precisión milimétrica, qué hijo de puta, trucho de mierda, un mentiroso de luxe, ¿cómo pude...?! Guidino, enseñáme a afanar y estoy completo, creo que esa es la única gracia que me falta (hablo de objetos voluminosos, como cámaras fotográficas antiguas, paquetes de galletitas y "chalinas" violeta de la iglesia de Luján, porque money... ya sé).

Los gallinazos que están al costado de la ruta del Ramal Salteño way up to Tartagal (no, no me estoy haciendo el Gabo, de verdad hay gallinazos ahí), son un asco, marrones, una inmundicia que vuela. Y encima te miran con cara de culo los hijos de puta. El otro día hice bosta uno. No a propósito, obviamente. Pero el freno ni lo toqué, sólo me puse la mano sobre la cara por si se rompía el parabrisas, ni loco hubiera clavado la Master a casi 160 km por hora sólo por un pájaro pelotudo que hizo mal el cálculo. Por suerte no impactó en el vidrio, sino en el pedacito de chapa donde empieza el techo encima del parabrisas.

Hola Sr. Alfred... ito, ¿cómo va? Mucha plata, no? D'you still remember me? Yo si me acuerdo de usted. Y me cago en su estúpida alma. Estúpida pero no por eso menos cochina. Usted me trataba bien, pero con esa onda repugnante del que se cree un ser superior ante un ser inferior, sólo porque tenía mucho dinero, y mientras yo le sirviera, su buena onda olía a soborno. No me regocijo por lo que pasó después, porque el más jodido fui yo. Pero toda esa plata que yo me comí, yo me fumé, yo me chupé, yo vestí a mis hijos... toda esa plata que era suya y se le perdió, la debe seguir llorando, como si le hiciera falta, pedazo de mierda... Sr. Alfredito, usted a mí me puede chupar la pija en puntas de pie...

Como antes, como en los tiempos de aquellos estúpidos cuadernos... pero no, esto es diferente. Y, en todo caso, más fácil de eliminar: basta un par de clics y no queda nada, ni cenizas.

Muy buena foto compadre. Como si quien apretó el botón supiera... Esa imagen, su imagen, tiene alma (su alma). Alguien que no lo conozca, lo conoce a través de esa foto. Y como no creo que en su laburo haya alguna sensibilidad artística disparando obturadores, sé que el resultado es mérito suyo (involuntario, pero mérito al fin). Lo veo a usted, y también veo a Don Julio (el nuestro, el del dark side), al otro Julio (el de Rayuela, aunque no por un parecido físico que no es: usted es... más... es menos feo), al Che, y a un misterio que no va a estallar porque los dioses ya decidieron desde el comienzo que asi sea, pero que hace mucho (mucho) ruido desde su silenciosa performance. Sí, a fucking beauty photo, como dijo alguna chica por ahí, en los comments...

En este apartado me siento una especie de... Rantés medicado.

jueves, 26 de febrero de 2009

Dar la cara...

Sí, ya se que Guido me va a dar una clase magistral sobre los efluvios satánicos de la nostalgia (me chupa un huevo, pero si me lo pide lo saco). Ya sé que Dill se va a hacer el duro y no le va a dar importancia a esto. Ya sé que soy una vieja solterona derramando lágrimas sobre el costurero mientras borda NEVERMORE en un camisón. Ya se todo lo que hay que saber, pero
Some men never listen,
And others never learn,
But why this man did as he did
Only he will ever know.
He knew he was walking
Into a waiting trap,
Neatly set up for him
With a bait so richly wrapped.
So he went inside there to take on what he found
But he never escaped them, for who can escape what he desires?

¿Alguien me puede decir cuándo? Podría ser 1978, después de los sucesos de agosto que me alejaron del cordobés y Héctor (o que los alejaron a ellos de mí, ya poco importa). Es una lástima que a Paula (then Paola) le haya temblado la mano en el preciso momento en que el obturador se abría para capturar en blanco y negro cuadradito los colores mágicos de aquella tarde en que tocamos el tema de Eduardo (agachado vayaunoasaberporqué, como una especie de non blonde brother of mine). En esos tiempos de inocencia y mala siembra, no era necesario aun que yo estuviera en el centro: podía ser Dill la amalgama de las tres G, como en la foto. Todavía recuerdo el tema de Edy, resuena maravilloso en mi cabeza con la magia de lo que no debía ser (y no fue), recuerdo el solo que le hice (podría tocarlo ahora exactamente igual), dió que hablar...
¿Qué le pasará a Guidino el terminator italiano destroyer of the past, al ver esta foto?

¿Comienzo de los '80? Tal vez. Héctor todavía estaba... bien, o por lo menos en este mundo. Miraba a la cámara desafiante, como sabiendo que no sería un conjuro de sal de plata lo que le robaría el alma... El otro es Guillermo (el ex de mi prima Marcela).
Si hay algo que no soporto es el mal gusto, Doña Olga, sepa usted perdonar el Photoshop...

¿Quién, quién es el hombre de piedra, Don Ber'dino?

Dill & Gus '80, Almendra en Obras... ¿Te acordás hermano? Me cago en el que sacó la foto, en la cámara y, sobre todo, en el lab que la procesó: me volví puto para eliminar los rojos de más, a costa de perder calidad.

La primera vez que tuve una SG en mis manos, desenchufada, para la foto nomás. Esta era color cherry, De Luxe. La segunda la toqué enchufada. Era de un tarado que se llamaba Román (¿?)

¿Final del juego? No, faltaba mucho todavía. Es sólo mi pose que... me recuerda a la protagonista del cuento.

Otra vez el gordito maraco, pero fue para tí mon cher, Guidino. Y después de esta bonita página... te voy a dar un beso mi amor.

¿Quién sería "el cabezón"? Todos amanecidos after... ¿Stress?, yo borracho seguramente, y Guidino, que no se ve... en pijama (celeste). ¿Qué canta la niña? parvas tu hermana tan descalza... "Vos sos un hijo de puta", me dijo el gordo unos días después con cara de sed de sangre, porque se había enamorado, snif... lo lamento cochino, no fue mi culpa, siga participando...

No way, serás rojiza a mi pesar, no pude, me venció. Por lo demás, la dama ha sido cortada, removida, para que no me putéen, ¿OK? Lo siento, discúlpame, yo no hice nada...

No existía el Photoshop, pero con la ayuda de Guidino y un dedo... ¡La nariz, si eso fuera todo! Lo peor es invisible a los ojos...

FIN DE LA PREHISTORIA...

...sin imágenes testimoniales de los tiempos de La Intrusa. No hay, no tengo. Sólo una en que estoy sólo con tu perro, parado en un pasaje de la Boca que cambió de nombre (el perro no se ve, lo eliminé). El que me escrachó fue tu hermano jeropa...

Supongo que siempre fui un gran simulador, un farsante... porque no podía tener esa mirada de paz con esas criaturas rondándome...




Enero '86




Una de carnet. 1992...

Si yo contara lo que me pasaba... Una infección. Terrible. Sí, ahí mismo...

Yo dementemente ebrio. Mucha gente, esta siempre fue la casa más popular de la city... Supongo que se había terminado el vodka, supongo que llovía y yo me quería ir a comprar más... así disfrazado, supongo que la mujer me trataba de convencer de que no más. Alguno nos escrachó sin permiso. Tuve que editar la foto porque la flaca siempre la odió ("parezco más en pedo que vos", y no había tomado nada). Otras épocas, ya no tomo así...

1995. Cara de post guerra... Nunca supe por qué me pegaron, estaba tan borracho... Fue peor de lo que se ve, el pelo tapa los cinco puntos sobre la ceja izquierda. Lo que más me dolió fue que Hector haya cobrado también (le dejaron un ojo a la miseria) sin saber de qué se trataba: siguió caminado, hablando solo (enpedísimo too), hasta que notó que yo ya no estaba a su lado, y cuando se dió vuelta lo embocaron. Eran cuatro y no les gustó mi cara, evidentemente. Terminamos en el Ramos Mejía, donde me repararon un poco el rostro, y a Hector le dijeron "no pibe, vos a Santa Lucía".

Con Pupy. Mucho descontrol en aquellos días de hard rock in Jujuy. Demasiado alcohol...


DNI y carnet de tachero, 1997








Far west Rock and Roll
Hector mod. '98, at Dill's

Papá gordo y su nena de fifteen en lo del tano Peralta...

¿Les quedó claro?

martes, 24 de febrero de 2009

Amenaza a Nebuland

No estoy tan loco (o no tengo ese tipo de locura, a los dioses gracias) como para caer en excesos purificadores tales como meterme un lanzallamas en el culo tratando de incendiarme el alma (que según algunas religiones estaría adentro). Tampoco creo en la redención a través de la virtud. No pienso que necesariamente un cambio demande barajar y dar de nuevo. Podar una planta no garantiza que crezca más o mejor o más bella: sólo hace posible otra belleza, diferente (boludeces: como Bukowsky, no veo belleza en una planta... apagada). No tengo el vicio de las mutaciones radicales de la piel hacia afuera sólo para después convencerme como un idiota de que el espejo nunca miente. Creo que los verdaderos cambios pueden ser invisibles de movida. Sin embargo, porque estoy molesto con algo de este blog, que es un espacio descarnadamente mío (aunque lo comparta), hoy desperté con ideas caóticas, y ya estoy preparando el lanzallamas, un tacho de agua enjabonada y una tijera de podar. Que sea... lo que pueda o deba ser.
Gus

ENGENDROS

Quiero poner acá algunas partes de una especie de suite (Hamelin) que escribí el año pasado, y también un par de proyectos más nuevos. Todo inconcluso, como corresponde, porque el laburo de terminar algo, editarlo, ecualizarlo, etc., me rompe las pelotas.
Soy un desastre, no tengo ganas ni siquiera de lo que tengo ganas, y entonces no sirvo ni para lo que sirvo. No importa, a mí no me importa. Nada. Esto es un quilombo, igual que mi cabeza. Tómenlo o déjenlo, es lo que hay…

Antes de hacer clic en Play, sugiero apagar el otro reproductor (el que se abre con el blog) para evitar sorpresas polirítmicas y atonalidades no deseadas. Y si tenés auriculares a mano, mejor.


Esto puede ser una mierda (todo depende del oído que lo escuche) pero… no deja de sorprenderme, porque… yo no sé escribir música, loco, no sé escribir ni leer (apenas puedo deletrear), yo cuando tocaba la viola no usaba papel adelante, y entonces no importa si lo que escribo es bueno o es una porquería: no logro entender cómo está escrito. Si es una mierda, en todo caso es una mierda escrita y… ¿me pueden decir quién carajo la escribió? Yo no, porque ya aclaré que no sé. De verdad, no me estoy haciendo el pelotudo ni el poseído. No entiendo nada…
Gus

domingo, 15 de febrero de 2009

Proyecciones

Si me preguntan ¿qué querés ser cuando seas grande? (es decir cuando sea viejo), la tengo tan clara que no dudo en responder que quisiera ser un jubilado que perciba un muy buen haber, para no pasar sobresaltos económicos y ayudar a mis hijos (fui hijo, y se que a los hijos siempre les hace falta una ayudita). Me gustaría tener en el último capítulo toda la paz que me fue tan esquiva en los anteriores, y dedicarme al culto de mis pasiones (que no sé cuales serán en el futuro, pero hoy apostaría a la música, escribir, y esta puta máquina: no changes).
Si en cambio la pregunta fuera ¿qué te gustaría ser en la próxima vida?... supongo que lo pensaría un poco, para no caer una vez más en las estupideces que dije últimamente (piloto de Fórmula 1, jugador de fútbol, ¡¡¡mecánico!!!), y terminaría respondiendo: “dame unos minutos para elegir el instrumento”. ¿Guitar hero, rock’n’roll star?, ¿pianista de jazz como me imagino en el reino de la fantasía cuando escucho a Bill Evans?, ¿guitarrista/compositor con un talento de la hostia, tipo el Flaco?, ¿bajista de jazz-fusion poseído por el espíritu del maravilloso Jaco? No se, eso se vería, pero despojado de los tics de resentido que me llevaron a imaginarme en cualquiera, creo que los dioses me están debiendo una vida de músico…
Gus
 

martes, 27 de enero de 2009

Cuentos de terror

Voy a obviar los detalles épicos: algunos no podría recordarlos aunque quisiera, y otros prefiero olvidarlos. Sólo me propongo hacer una reseña macabra, narrando esas pequeñas historias en las que fui presa de miedo extremo cercano al terror.

Acá todo pasa
Atardecer de un día de semana de… 1976 (¿o ’77?). Héctor, Fino y yo caminábamos por la Av. Corrientes. De repente se detiene frente a nosotros un Torino marrón (como para romper la rutina de los Falcon verdes, vió?). Eran cuatro. Los dos que iban en el asiento trasero se bajaron, y nos invitaron a subir. Sin decir nada, el conductor arrancó y siguió derecho hacia el Bajo, echando putas. El otro, una alimaña repugnante, empezó a hablar, pero no nos informaba a dónde íbamos (ni por qué: en esos tiempos no existían derechos básicos, como el de no ser privado de la libertad sin razón alguna). El chabón era irónico y hacía gala de un humor bastante denso, pero no preguntaba mucho: estaba claro que el interrogatorio vendría después, indoor. Sin embargo no paró de hablar en todo el trayecto, y entonces nos fuimos enterando de los por qué de la detención. Lo que les disgustó en cuanto nos vieron fue el largo de mi cabello y la musculosa de Fino. Primero, dirigiéndose a mí, mandó una que lo resumía todo: “flaco… ¿por qué tenés el pelo así, sos boludo?, si no te lo cortás te vamos a llevar a cada rato.” Después lo miró a Fino con asco (la cana del Proceso tendía a pensar que era puto), le dijo algo sobre la remera (musculosa y de colores), y dirigiéndose a ambos (Fino & me), mandó un resumen de la doctrina castrense: “¿no saben que el General Videla dijo que a la Junta no le gustan esas cosas?” (SIC, lo recuerdo como si lo estuviera oyendo). Tras esa frasecita, lo miró a Héctor y le dijo “y vos sos un pelotudo por andar con estos dos, te la estás comiendo de arriba”. Al llegar a Eduardo Madero, el silencioso conductor dobló a la derecha, siguió unas cuadras a alta velocidad, y recién cuando llegamos a destino nos enteramos de que se trataba de la Brigada de Toxicomanía. Tras un ingreso bastante irregular si lo comparamos el procedimiento de rutina en comisarías de la Federal (ya que no nos revisaron ni nos despojaron de pertenencias, ni de cinturones y cordones de zapatillas), nos tuvieron guardados cerca de seis horas en una habitación mugrienta, separada por un delgado tabique de otra más grande en la que había unos veinte detenidos más, hombres y mujeres, todos jóvenes, la mayoría de aspecto rocker o hippón. De más está decir que la pasamos bastante mal. Escuchábamos que iban llegando más detenidos, y no entendíamos por qué los dejaban afuera: los únicos aislados éramos nosotros… El lugar era sórdido al mango, re pesado. No nos pegaron, pero entre insultos y burlas también recibimos amenazas, y no solo de palabra: en un momento entró uno con look para nada policíaco (pelo tirando a largo, aro en una oreja) y empezó a amagar patadas y otras figuras de arte marcial. Lo peor fue cuando nos sacaron del privado para llevarnos al piso de arriba para interrogarnos individualmente y por separado: guiándonos hacia el lado de la salida, el hijo de puta dijo “vamos mierda, ahora se van a ir…”, pero al llegar al pie de una escalera soltó una carcajada y agregó, gritando como energúmeno, “se van a ir en sangre, porque los vamos a reventar….” Arriba, uno que parecía ser el jefe, secundado por dos o tres monos, todos camuflados como para no parecer ratis en la vía pública, preguntó, amenazó, insultó, y ordenó “que los lleven abajo, ya veremos que hacemos”. Volvimos a ese cuarto siniestro, en el que solo había una heladera vieja desenchufada, un slip manchado tirado en el piso sucio, y un graffiti de mensaje ambiguo y poco alentador: “ACÁ TODO PASA”. Al cabo de unas horas se abrió la puerta, y el bastardo se sorprendió de vernos ahí, “che ¿y esto?”, gritó dirigiéndose a alguien que, evidentemente, debió haber decidido nuestra suerte un rato antes. “UUUh, me olvidé, traélos”, respondió una voz desde lejos. En la oficina de guardia, prodigándonos más insultos, nos hicieron firmar en un libro gordo, seguramente de registro, y nos despidieron con un “vamos, vamos, salgan rápido antes de que me arrepienta.”

Violencia en el parque
Otra. Tarde del ’76. Parque Pereyra, Barracas. Eramos varios y estábamos sentados sobre el pasto, cerca del “lago”. No recuerdo si estaban Gabriela y Miriam (creo que si). De repente vemos que un patrullero de la Federal se mete dentro del parque y enfila derecho hacia nosotros. “Documentos”, la huevada de siempre, y “vos vení” (“vos” era yo). Creo que nunca tuve tanto miedo. Me llevaron solo, a pasear en patrullero. Fue un largo interrogatorio ambulante: media hora dando vueltas (media hora que en tal situación se hace eterna), primero por Barracas, después por el puerto de La Boca. Las preguntas eran puntuales, el tema era drogas. Yo les decía que no sabía nada de nada, pero mi respuesta no les cabía, insistían y amenazaban constantemente, seguían apretando y se me cagaban de risa, “flaco… en la Facultad de Ingeniería hay falopa, y vos pretendés que te crea que no conocés a nadie ni sabés nada…” En un momento se detuvieron frente a una casa vieja en La Boca, como insinuando que me iban a llevar adentro, y uno (el más mal parido) me dijo “mirá pibe, no seas pelotudo, no te hagas golpear al pedo, decí todo lo que sepas y te vas”. Estaba re cagado, de repente lo trataba de usted, de repente lo tuteaba, “mirá, te estoy diciendo la verdad, no ando en nada ni conozco a nadie que ande en nada”. Al final parece que lo convencí: arrancaron, y a las pocas cuadras me liberaron, no sin antes prometer que “nos volveremos a ver”…

Celulares eran los de antes
Una noche del '76 (o '77) frente al obelisco tuve bastante miedo. La cosa duró poco, y resultó más leve de lo esperado por como pintaba, pero igual fue desagradable. Creo que estábamos los del grupo… “de los seis”. Paró un celular (mal indicio), y nos hicieron subir. No pasó nada, apenas un par de preguntas y fuera. Pero eran muy agresivos, violentos y amenazantes. Creo recordar algún sopapo, pero a un desconocido que estaba en el camión cuando subí.

Sunday night fever
Tenía 20 pelotudos años en 1978. Poco después del mundial, madrugada de un lunes, salida de Lagar del Virrey, dancing de Recoleta (o por ahí). Eramos Fino, un tal Charly (el pelado, amigo de Mariel) y yo. Treinta años después, no encuentro una puta razón para haber estado ahí esa noche: nunca me gustaron los boliches, y en esa época menos. Supongo que fui porque estaba medio regado: el domingo a la tarde había tomado whisky en una confitería de Primera Junta (no pregunten, no importa). Después, ya chupado, me mandé a la casa de Mariel. Al rato apareció Fino, y se empezó a tejer la telaraña. No estaba en mis planes ir a ese lugar de mierda, pero creo que Mariel y una tal Graciela (a.k.a. "el Ratón", según Pablo el Cordobés después de que lo cagara una noche, haciéndolo ir al pedo a un boliche) insistieron. Fino se entusiasmó con la idea (le gustaba bailar), y rompió las bolas para que le hiciera gamba. Then, alpedísimo como tantas veces, transé y fui. Descarto la suposición de que me movieran intenciones de algo con la chica esa, porque estaba borracho pero sabía con qué buey araba: en un boliche yo jugaba de visitante, sapo de otro pozo, no tenía plata ni auto... and so mis chances eran nulas. Una vez adentro, para soportar el lugar y la situación, me chupé mal, whisky con vodka y Gancia, y obviamente terminé en un pedo más o menos importante. Recuerdo que en un momento me sentí muy mal, destruido, y casi me desmayo: todo daba vueltas en sincronía con las bolas de cristales del techo, se me nubló la vista (o veía el mundo del color de las luces negras), y tuve que apoyarme contra una pared para no caer. Pero enseguida controlé ese estado desagradable, me recuperé, y seguí tomando. Mariel y su amiga, vaya uno a saber dónde estaban. Fino… con el pelado. Y yo deambulaba solo por ahí, aturdido. Me sentía una porquería imposible. Daba vueltas sin saber dónde ubicarme, y de repente estaba hablando con una niña que me puso el índice en el pecho y se ofreció a... ayudarme (¿¿¿???), pero de pronto mandó algo así como "estás mejor... vamos a bailar", y yo no estaba mejor un carajo, "no pendeja, vos sos una... traidora, y yo... yo..." yo nada, no me salían las palabras y me fui al carajo (era muy linda pero algo me asustó).
Al final de una noche para el olvido, salimos del antro y Fino le hizo señas a un taxi que pudo haber sido nuestra salvación. Pero no, el puto de mierda no paró, y años después todavía lo seguiría maldiciendo. Caminamos una cuadra hacia la Av. Las Heras, llegamos a la esquina, y ahí nos alcanzaron los muchachos de traje (onda “cieguitos” de los Twist) que habían salido del boliche detrás de nosotros, y creo que corrieron para no perdernos. Yo estaba muy en péu y no sentí miedo en ese momento. Nos pararon, nos revisaron minuciosamente (hasta las zapatillas), y… nada, lo mismo de siempre. A mí no me daban mucha bola, la cosa era con los otros dos. Supongo que al no haberme visto en movimientos sospechosos adentro, decretaron que yo estaba mamado y nada más. Me preguntaban si Fino era puto (en esa época hacer del propio culo un pito era delito, atentaba contra la moral y las buenas costumbres), y querían saber “quién trajo la falopa”. Yo había estado toda la noche en la mía, sin saber qué hacía Fino, y la verdad es que no entendía de qué hablaban esos canas parásitos. Pero ante tanta insistencia, me acordé de un maneje entre Fino y el pelado en el baño… y me empecé a preocupar, porque pasaban los minutos y los tipos seguían ahí, presionando. Al final, antes de dejarnos ir, nos secuestraron los cigarrillos al pelado y a mí, diciendo que los iban a analizar en el laboratorio (hijos de puta, fumaban de arriba), y lo peor de todo: anotaron las respectivas direcciones (a mí me incautaron una tarjeta personal). Esto último me mató: por un par de años no pude dejar de pensar que esos soretes tenían mi dirección como dato obtenido en un procedimiento.
Obviamente los tipos no eran idiotas: Fino y el pelado habían estado haciendo intercambio farmacológico en el baño, pero como seguramente no querían armar bardo dentro del boliche, nos siguieron a la salida.

La paz sea con vosotros
La noche del ’77 que nos llevaron a pie de La Paz a la 5º no fue agradable, pero la verdad es que no sentí más miedo que el mínimo razonable. Eran canas de civil, pero de una nos llevaron a una comisaría, y en cuanto entramos presentí que se trataba de una racia de rutina con fines de identificación, y nada más: no parecía haber peligro. El hecho de que nos alojaran en un calabozo con borrachos, cirujas y otros perejiles como nosotros lo confirmaba.
No me parece justo pasar facturas, porque todos lo que la vivimos sabemos que en esa época te encanaban sin razón, simplemente porque no les gustaba tu cara o porque tenían que cumplir con un cupo de detenciones por día, pero... el cordobés, violento por naturaleza, se zarpó innecesariamente. Paso a relatar. Cuando entramos al bar La Paz, había un operativo. Eran canas de civil, y por eso no nos avivamos antes. Uno le puso la mano en el pecho a Pablo, para que se detuviera, y el boludo se la sacó con un golpe. Ahí cagamos, marchen presos...
La nota graciosa estuvo a cargo de Pete (el amigo de Hector que era un clon de Pete Townsend, de los Who): en el calabozo no había baño, y cuando le dieron ganas, gritaba por la ventanita de la puerta "¡sargento, mear!"
No tiene nada que ver con el terror, pero quiero decir que esa tarde me había comprado Romantic Warrior, que era nuevo…

Tuve miedo todas y cada una de las veces que nos pararon por la calle en aquellos tiempos duros. Sabía una parte de lo que estaba pasando, y sospechaba la otra. Pero uno se acostumbra a casi todo. Que rompieran las pelotas era cosa de todos los días, y entonces lo empecé a tomar con cierta naturalidad. La experiencia me enseñó que cuando te pedían documentos, por lo general te terminaban dejando ir, ya que si tenían otras intenciones les importaban tres carajos los documentos: te levantaban de una y te llevaban (la noche de La Paz fue una excepción: nos pidieron los documentos y los retuvieron mientras nos arriaban caminando hasta la dependencia policial, seguramente para evitar que alguno se les perdiera por el camino).
Yo, como muchos de los que no la pasaron peor, la pasé bastante mal durante la dictadura. Pero parece que esos señores nunca me vieron cara de peligroso, porque jamás me interrogaron acerca de cuestiones más densas: siempre jodían con la facha, el pelo, las drogas… Por suerte.
No estaría completa una reseña de los más grandes miedos en mi vida si pasara por alto los que sufrí cuando parecía que se iba a pudrir todo con Chile (por esas islas de mierda), y durante la guerra de Malvinas. Aunque no se por qué, tuve mucho más miedo ante la posibilidad de una guerra con los chilenos que cuando el maldito alcohólico tomó las Malvinas. Estaba aterrado, ya que a pesar de no tener instrucción militar, mi edad era la de ir al frente llegado el caso. Pensé en huir a la Banda Oriental, o conseguir que me internaran en el Borda, y no habría dudado en hacerme romper el culo si eso me hubiera garantizado ser descartado por el ejército como eventual efectivo de reserva. En cambio cuando comenzó lo de las Malvinas, no tuve tanto miedo: sabía que tras la ocupación de las islas, el conflicto habría de durar lo que tardara en llegar la flota inglesa para recuperarlas, y en ningún momento pensé en una guerra larga que demandara al Ejército Argentino la incorporación de reservistas con una mínima instrucción de emergencia.

Después, ya en democracia o casi, viví tres situaciones de mucha tensión gracias a Gillian. Seguramente no corrí ni ahí el riesgo que años antes conllevaba una simple detención de rutina policial, pero igual sentí un terror paralizante: tal vez no me fueran a "desaparecer", pero pude haber quedado pegado por consumo y portación de bonitas flores verdes.
Va la primera. Aun sabiendo que a mí me ponía de la nuca, Gillian tenía la puta costumbre de armar en el auto. Jamás pude conseguir que dejara el pedazo en su casa y llevara sólo uno o dos fasos armados. Creo que la guacha me lo hacía a propósito, sacaba el envoltorio y se ponía a armar en cualquier parte, en pleno centro por ejemplo, mientras yo manejaba. La noche en cuestión íbamos por Brasil (creo) hacia el Bajo. Al llegar a Ing. Huergo doblé y… toda la cana toda, cortando la avenida y parando autos, bruto operativo y nosotros… fumando, Gillian con la pelota de papel de diario todavía en la mano, clavándose una seca, y en el auto una baranda... En un instante pasaron mil cosas por mi cabeza, me sentí paralizado por el miedo. Supongo que me habré puesto blanco, o verde, o no sé de qué color. "Dame el faso", le dije, y sólo atiné a tratar de morfármelo… pero no pude: era muy gordo (her style) y mi garganta se cerró. Fue terrible. No me quemé, porque al metérmelo en la boca lo apagué al toque con la saliva, pero al intentar tragarlo… no pasó. Fueron apenas unos segundos, pero me pareció una eternidad. Con el charuto dentro de la boca, puse cara de “ni se les ocurra romperme las pelotas, voy en un Falcon blanco”, miré a los canas y esquivé lentamente pero con decisión todos los patrulleros dispuestos en laberinto sobre la avenida. Zafamos, no me pararon. Pocos metros después miré por el espejo retrovisor para asegurarme de que el milagro había sucedido, y “¡concha de tu madre, retardada mental, te tendría que cagar a piñas por imbécil!”, pero no way, se reía, sólo se cagaba de risa… “no loco, vos no creés en mí, ya te dije que conmigo no tenés que tener miedo”, y seguía riéndose.
Otra. Habíamos salido con Sergio Astarita (RIP). Recuerdo que esa noche no tenía ganas de manejar, y le di la llave del auto a Sergio, “manejá vos”. Sólo una difusa imagen del abrigo de Sergio (un sobretodo tal vez) me revela que hacía frío: había estado en cana poco antes, por incidentes con sustancias ilícitas, y para caretear se vestía como un gentleman. Fuimos a un pub nuevo que había en la Boca. Creo que Sergio era uno de los socios, pero no estoy seguro: solo sé que los dueños eran conocidos. De repente entra la yuta, con malas intenciones: se encienden las luces y empiezan a pedir documentos. Yo no debí haberme alterado, porque no estaba en falta alguna, ni siquiera había tomado alcohol… Pero enseguida caí en la cuenta de un par de situaciones… por lo menos comprometedoras. Uno, había dejado los documentos en el auto, y la llave la tenía Sergio. Dos, Gillian andaba como siempre con el mazapán encima. Por suerte no pasó ná: después de molestar un rato a los portadores de las caras más sospechosas, se fueron sin reparar en nosotros.
La última. No se cómo ni porqué, una noche quedé estacionado a una cuadra de la Plaza Matheu (La Boca), con un desconocido atrás. Gillian, que iba adelante conmigo, se había bajado con un pibe del barrio para encarar la placita, donde estaban los dealers pendejos de la barra brava de Boca, y el otro quedó sentado en el asiento trasero. De repente veo que se aproxima un patrullero, que pasa muy despacio por al lado de mi auto, que para adelante y se bajan… Yo no sabía qué carajo decir, inventé cualquiera, pero ni siquiera sabía el nombre de mi acompañante (una de las preguntas clásicas en tales situaciones era "¿cómo se llama el señor, de dónde lo conoce?"). Estar estacionado en una oscura calle de La Boca a las doce de la noche con un desconocido ya era sospechoso de por sí, pero lo que más me preocupaba era que justo aparecieran Gillian y el otro con la reciente compra… Obviamente no iban a ser tan pelotudos de encarar derecho hacia auto viendo que estábamos en plena tertulia con los amigos azules, pero tratándose de Gillian… cualquier delirio era posible: una noche se fue de compra a una villa cerca del Camino Negro, sola, y como no pasaba ningún colectivo hacia el centro… hizo parar a un móvil de prefectura y les pidió que la llevaran, “vengo de estudiar con una compañera de la facultad, no pasan colectivos ni taxis, este lugar es muy feo y me da miedo…” La acercaron hasta el centro, ella con su pedazo en la cartera, muy entretenida charlando con los milicos… ¿Sentiende?
Gus

lunes, 26 de enero de 2009

Spinetta: yo elijo, vos ve...

Esto puede parecer una selección tipo The Best of... pero en realidad no lo es. Se trata simplemente de un compilado de los temas del Flaco que a mí más me gustan. Esos temas que siempre me volaron la cabeza y aun hoy me siguen matando. Me podrán decir que omití tal o cual canción... infaltable, y yo pacientemente explicaré una y otra vez que no, que a lo sumo puede perturbarme un poco haber tenido que dejar afuera Irregular (de Invisible), Fermín (Almendra), Mi espíritu se fue (Pescado), Alma de diamante (Jade) y algún otro de los temas que a último momento tuve que quitar de la lista, sólo porque decidí que mi selección personal debía caber más o menos ajustadamente en dos CD de audio, por si alguien prefiere ese formato.

Si hacés clic en esta imagen, se agranda. Los links para descargar este primer discos son:

viernes, 23 de enero de 2009

¡Feliz cumple, Flaco! (Dill)


Nunca me oíste en tiempo


Que sombra extraña,

en tus ojos,

no sé que hago,

aquí en el sol...

siento esta memoria,

no sé qué dice...

Que extraña niebla,

en tu ojos,

ya no recuerdo,

los tiempos idos,

pero que extraña niebla...

Y en el diluvio tal vez,

me acercaré,

seré la lluvia,

que todo lo cambiará...

Nunca me oíste en tiempo...

siempre tuvíste miedo...

y solo había gramilla...

solo una idea,

y nada más...

Que lento sueño,

tu supuesto sueño,

que largo día,

hasta llegar aquí,

perdíste tiempo,

como la noche,

yo mañana vuelvo...

Que inmenso mundo,

si supieras,

te esperaría aquí,

en el sol pero que lenta calle...

Y en el diluvio,

tal vez me acercaré,

seré como la lluvia,

que todo transformará...

Nunca me oíste en tiempo,

nunca me oíste en tiempo...

siempre tuvíste un poco de miedo...

pero ahora estás a tiempo...

(escucha)
Dill

miércoles, 21 de enero de 2009

¿Disfraz?

Para G

Julio Cortázar decía algo así como que había que crecer pero sin dejar de escuchar al niño que fuimos (y no sé por qué empariento esa manera de pensar a la frase del Che que decía que había que endurecerse sin perder la ternura jamás). Como en otros aspectos de la vida pienso que lo anterior puede, de alguna manera, alentarse, "trabajarse" o al menos intentarse, pero en definitiva creo que es algo que se tiene o no. Digo: el niño que fuimos, el adolescente que nos habitó, estará más cerca o más lejos de estos adultos en los que nos hemos convertido debido más que nada a aquellos azares que conformaron nuestra personalidad y nada más (al menos hasta que algún científico malhumorado "descubra" que hay un gen que en algunos impulsa a ese niño-adolescente para que intente asomar sus travesuras a través de nuestros ojos de hombre). Mientras tanto doy gracias al espíritu que las merezca por tener siempre al alcance de mi mirada a ese infante que no me tira piedras sino que me convida a estar con él , a ese jóven que no deja de tener veinte años y todos los deseos del mundo y me dice "soñemos" y no "viejo de mierda". Algunos juegos de la infancia prefiguran al adulto que seremos: no puedo olvidar una fotografía (que aún conservo) de unos carnavales de cuando tenía diez años. Estamos con los pibes del barrio disfrazados mirando de costado ya que el sol de la tarde nos hería los ojos en aquella calle de Lanús: mi hermano de payaso, Miguel de espantapájaros, uno se había pintado con corcho quemado la cara y decia que él era un Negro y otro era un fantasma de clásica sábana agujereada en los ojos. Yo me había pintado, también con corcho, una barba y unos bigotes, había conseguido una camiseta media rota, había recortado unos "vaqueros" que ya no usaba y dejado las hilachas colgantes y me había puesto mis zapatillas Flecha. Hasta aquí imposible descifrar de qué corno estaba yo disfrazado. Pero éso lo resolví escribiendo en la camiseta con carbón y trazos gruesos y en diagonal hacia abajo la palabra que le daba nombre a mi disfraz y a lo que yo quería ser: yo escribí con temblorosas letras en el pecho de esa camiseta la palabra "Hippie". Eso quería ser yo a los diez años (pleno auge del hippismo -y de mi infancia-). Y estoy orgulloso de ese disfraz (de ese deseo temprano). Porque "Hippie" en mi mente infantil quería decir libertad, cosas espirituales, música, cagarse en los convencionalismos, amor, juegos y risas que esos grandotes, esos "viejos" de veinte, treinta, ostentaban con alegría en el barro de Woodstock. No se parecían a esos otros "viejos" a los que les gustaba vestirse de traje y corbata, que se habían olvidado de jugar, que estaban todo el tiempo con la seriedad de los serios, que buscaban tener cada vez más dinero y más cosas y que ya nunca más iban a abrir la puerta para encontrar maravillas en el país de Alicia. Mantener el niño cerca de nuestra carne que va conociendo las pequeñas y tenaces arrugas y canas me parece que hace la vida más apetecible. No he cambiado mucho desde mi adolescencia, he tratado de mejorar lo mejorable y no empeorar lo empeorable, me llena la vida la música y trato de abrir siempre la mejor puerta que existe y que se llama fantasía: allí no hay juegos prohibidos para ningún cincuentón. Sigo teniendo los mismos ideales y casi los mismos poquísimos amigos de entonces. No alejarse del niño que fuimos y seguir pensando como Spinetta: que "Dios es un mundo en el que amar es la eternidad que uno busca" son dos de mis banderas más queridas. Yo todavía soy aquél disfrazado de hippie. Quizás sea ése el logro más importante de mi vida de "adulto" y eso, aunque no me haya costado ningún esfuerzo, me enorgullece.

Dill

domingo, 11 de enero de 2009

Crónica de una tormenta

No podría precisar en qué momento se empezó a nublar. Algún viento del 2003 trajo los primeros grises que habrían de sacudir la calma celeste de mi cielo. Al principio, lo único grave eran los presagios de peoría: el sol todavía brillaba, y no parecía imposible eso que aun sigo pensando que pude haber evitado. Pero ahora.. no tiene sentido conjeturar sobre el derramamiento, ahora sólo queda llorar sobre la leche volcada: la tormenta llegó, y parece no tener fin.
Una tormenta es una tormenta, y los lectores optimistas de la realidad dicen que siempre que llovió paró, pero yo.. no pudiendo por naturaleza ser optimista, me reservo el derecho al pesimismo tras las conclusiones razonables que una mente lógica elabora a la luz de la evidencia. Sé que toda lluvia para; pero más allá de la duración de la tormenta, no puedo concentrarme en buenos augurios, sino más bien en la evaluación de los daños. Hay lluvias y lluvias, no son todas iguales. Algunas causan estragos, inundan, destruyen, matan.. Esta parece ser de las peores: si no me ahogo, habrá tanto que reconstruir..
Antes de la aparición de las primeras nubes, mi vida era.. fácil (fácil = tranquila y cómoda). Después, cuando se empezó a nublar, todo seguía siendo relativamente liviano, pero ya con ciertas limitaciones: la tranquilidad comenzaba a derrumbarse.
No puedo ver al trabajo de otra manera que como una forma de esclavitud. Tal vez una esclavitud moderna, camuflada, disfrazada de libertad, en la que el amo no es una entidad personal sino una abstracción.. pero esclavitud al fin. Desde esa óptica, diría que el laburo que perdí hace poco más de dos años era una esclavitud bastante libre. Como de puta VIP, digámos.
Pero antes de seguir, vuelvo un poco hacia atrás. El intrigante y largamente esperado año 2000 llegó, y me encontró al volante de un cochino taxi. Sin embargo todo parecía sugerir que, milagrosamente, mi vida entraba en una dimensión de cambios radicales, para bien. Gracias a una serie de casualidades que signaron mi estrella, en abril empecé a trabajar para una empresa de una provincia vecina, representante de otra empresa mayor, líder en el mercado de los lácteos. En mayo, cuando llegó mi hijo, yo ya era vendedor de la marca en Jujuy. Si tenemos en cuenta que no era fácil para un inútil de 42 años conseguir un trabajo bueno y seguro en este país reventado, supongo que cabía decir que mi suerte fue más que buena. Todo se solucionaba, y en los años de relativa prosperidad que siguieron, llegué a creer que me habría de jubilar en las mismas condiciones, llegado el momento..
Tiempo después, cuando algunas manchas sugestivamente negras empezaron a aparecer en el horizonte para alterar la calma, llegué a la conclusión de que hay que tener mucho cuidado con lo que se desea, porque se puede cumplir. Antes del 2000, yo deseaba tener un laburo como el de mi cuñado, y cuando él cayó en desgracia, dos años antes que yo, temí seguir corriendo su misma suerte: todo hacía prever que difícilmente pudiera soportar los embates de la crisis post Mendez.
Los primeros años estaba todo bien. Hasta podría decir que en un país en reversa para los laburantes en general, yo gozaba de una situación privilegiada.
Teniendo en cuenta mis hábitos austeros y mi medida ambición, mi vida era tranquila y cómoda (fácil, por propia definición). Los dos parámetros a considerar funcionaban a la perfección, y en equilibrio: las condiciones de mi actividad eran totalmente soportables, y ganaba lo suficiente para no tener ningún tipo de sobresalto en el bolsillo. Dicho de otra manera, el laburo no me atormentaba, no me resultaba insoportable, y ganaba bien. No tener que cumplir horarios era una bendición parecida a la libertad. No tener que madrugar, ni justificar nada, ni dar explicaciones que nadie me pedía, eran detalles no menores. Yo tenía que vender, cobrar y depositar la guita, y mientras el objetivo se cumpliera, nadie me jodía. Obviamente no me levantaba muy temprano (las 9:30 era una hora razonable para tomar unos mates con mi mujer antes de salir a la calle), ni trabajaba los fines de semana (ni los feriados): normalmente, los viernes al mediodía terminaba mi semana laboral, hasta el lunes a la tarde. Le dedicaba al trabajo un promedio de cinco horas diarias, movilizándome en mi auto, y con eso alcanzaba. No ganaba guasadas, pero mis ingresos superaban ampliamente los promedios de la gran mayoría. Otra buena era que no tenía que esperar a fin de mes para cobrar: diariamente tomaba las comisiones que me correspondían, y también podía disponer de adelantos semanales de hasta doscientos mangos sin pedir autorización (y en este punto aparece el arma de doble filo, el tiro que terminó saliendo por la culata cuando la mano se puso pesada). Estaba en blanco, todo legal, y por mucho tiempo mi relación personal con el dueño del circo (the boss) fue lo suficientemente buena como para que llegara hasta a ofrecerme dinero para cambiar el auto.. No tenía deudas, pagaba todo en tiempo y forma, vivíamos bien, comíamos y chupábamos lo que nos diera la gana cuando nos diera la gana, delivery de pizza un par de veces por semana, salir a comer afuera con frecuencia, asado todos los domingos, y los viernes.. esas picadas full que hoy tanto extraño..
Resumiendo: tenía un laburo liviano que no me abrumaba en absoluto, y me proveía los medios materiales para vivir sin sobresaltos. Esto duró unos tres años. Después todo empezó a irse a pique. No fue algo repentino, sino más bien como una bomba con una mecha muy larga que, una vez encendida, yo veía consumirse lentamente sin poder hacer nada para apagarla: el fuego avanzaba inexorable mientras la impotencia me limitaba a seguir haciendo lo que podía. Mi vida ya no era tan fácil: seguía siendo cómoda, y no nos faltaba nada, pero el precio a pagar era la pérdida de la tranquilidad.
Después de muchos meses de nubes cada vez más negras, en noviembre de 2005 estalló el temporal: la tormenta se desató con la virulencia esperada, ya no pude mantener oculta la columna del debe, 25 lucas que después de haber pasado por el bolsillo izquierdo.. ¿dónde están, quién las tiene?, las tendrá el Gran Bonete, porque yo.., y entonces "queremos el telegrama de renuncia mañana, como un gesto de buena fe."
A la mierda, todo se fue a la mismísima mierda. Y empezó otra historia de la que no tengo ganas de hablar: sólo espero que pronto sea apenas un mal recuerdo..
Gus

Ser o no ser...

Estoy pensando seriamente en abandonar este vicio nuevo que es componer música, porque… me pone nervioso. Nervioso y molesto, o algo así. El problema no está en los resultados, que hasta ahora me sorprenden y complacen. Tampoco pasa por el proceso de manos en la masa, que me resulta realmente divertido. El problema es otro: yo no soy músico ni compositor, nunca lo fui, hasta llegué a dejar la guitarra por mi imposibilidad para crear, y entonces ahora… ¡¿cuál es, loco?!, ¿qué carajo pasa, que me siento frente a la PC y con un software accesible invento partes musicales con la facilidad de una máquina de hacer chorizos para hacer chorizos? No carajo, no va. Esto no es así, o no debiera ser así. Me rompe soberanamente las pelotas estar metiéndome en algo que simplemente no comprendo: no tengo la más puta idea de cómo hago lo que hago, y entonces pienso que… me están usando. No se quién o qué, pero algo me está usando como médium que pone el culo para materializar melodías y armonías absolutamente ajenas a mi conciencia. Es muy loco, porque yo escribo como si fuera un software viviente (un ente), sin saber de dónde proviene eso que escribo, en un acto casi ajeno a mi propia voluntad. No loco, así no va: creo que me voy a borrar de ese mapa.
Gus

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Balance

Vivo un presente que amerita ser etiquetado como “de mierda”, pero sólo en lo que tiene que ver con el dinero. Puedo decir, exagerando, que está todo mal, porque dentro de un orden en que los individuos somos esclavos de un sistema económico (esclavos parias o esclavos VIP, pero esclavos al fin), sin dinero para acceder a bienes de consumo se la pasa mal. Puedo quejarme, putear, llorar mi jodida suerte, y no mucho más: sin poder económico, se puede muy poco… Sin embargo, si me ofrecieran resetear mi vida, barajar y dar de nuevo, elegir otra vida… no es mucho lo que cambiaría: básicamente mi vida es la que tomé, la que quiero y la que volvería a elegir, con apenas algunos ajustes en el plano material. El dónde/cómo/con quién estaría bien así, con esos leves cambios en el bolsillo.
Pero voy a ser más específico. Empecemos por el dónde. La verdad es que Jujuy me tiene un poco podrido. Llevo casi veinte años viviendo acá, y aunque no diría que me siento invadido por una compulsión de fuga, no me disgustaría que un cambio sanador del contexto general se diera en otro lado. Supongo que mi incomodidad con el lugar tiene que ver con que esta ciudad es como un símbolo de la malaria actual, y si pasara esa malaria, seguramente desaparecería la incomodidad. Pero mi mujer y mi hija porteña también están podridas de Jujuy, y a partir de eso, digo que me gustaría que nos pudiéramos ir a la mierda. No a Buenos Aires, pero sí a algún lugar copado. Si pienso en una vida ideal para mí, esa vida es fundamentalmente indoor, porque no me gustan ni las calles ni la gente, soy un ermitaño feliz dentro de mi casa, y entonces me daría lo mismo vivir en Bogotá, New York o Caleta Olivia. Pero por mis hijos preferiría un lugar con más vida y alternativas que Jujuy, ya que acá no pasa nada, nada de nada. Sigo con el cómo. Mi vida ideal sería muy parecida a esta, pero sin apuros económicos. Que no sobre nada, pero que tampoco falte. Soy un ser bastante austero, sin ambiciones exageradas: me basta con lo necesario para pagar los gastos fijos y que aun así en mi casa se coma bien. Puedo vivir sin un plasma, sin una computadora que sea el último grito de la tecnología, sin un auto de alta gama (si me apuran hasta diría sin un auto), sin aire acondicionado, sin tomar Chiva’s ni fumar Parisiennes, sin ir a comer a restaurantes caros, sin frecuentar shoppings. Si me tengo que ir de este planeta sin haber pisado Europa, la India, el Caribe o Brasil… me chupa un huevo, no tengo fantasías de viajero. Nunca me interesó tener un guardarropa de marcas exclusivas, ni me atraen la mayoría de las banalidades con que el ciclón consumista arrasa continuamente. Mis hábitos son relativamente frugales. Tengo algunos vicios menores, pero ninguno caro. Estoy naturalmente a salvo de la vorágine capitalista, especialmente en lo que a apariencias se refiere: no me interesa simular nada irreal, no invierto en la imagen ni pretendo cagar más arriba del culo. Hace más de veinte años que vivo con la misma mujer, la sigo amando, y me basta: no necesito un presupuesto aparte para joda y/o sex merchandising (putas incluidas). Como ya me metí en el terreno del con quién, sigo por ahí. Obviamente amo a mis hijos y no podría vivir sin ellos, no tan obviamente amo a mi mujer y no podría vivir sin ella.
Resumiendo, si pudiera elegir algo diferente de esto, sería algo no muy diferente. Me gusta levantarme temprano en tiempo de clases para llevar a mi hijo al colegio en auto, y volver con facturas para tomar mate con mi mujer. Me gusta ir al super a hacer las compras, y después hacer tiempo en la compu hasta la hora de ir a buscar a mi hijo al colegio, y a la siesta subir al dormitorio y echarme en la cama a mirar tevé, o dormirme si Morfeo así lo decide. Me gusta poner música abajo a la hora del mate de la tarde con mi mujer,
y después sentarme frente a esta máquina del demonio. Después cenar en casa, una buena picada, o sándwiches, o delivery de pizza, o bajar al centro a comer en algún lugar agradable. Una vida no muy diferente a la que llevaba en la época de La Paulina, pero para alcanzar el estado ideal eso debiera ser posible sin tener que laburar las veinticinco horas semanales que La Paulina me demandaba: así, cartón lleno…

Gus